Gloria: El Nombre que Nunca Fui, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Rosario Quezada
Tres meses después vive en Dalcahue con otro nombre, y el hombre que la salvó le ofrece lo que su marido nunca le dio.
Tres meses después ya me llamaba Rosario Quezada hasta dormida.
Ismael me había conseguido un cuarto en una casa de palafito en Dalcahue, sobre el agua, con una ventana que daba a las lanchas.
Trabajaba en la cooperativa de tejedoras, sin preguntas, por un sueldo que alcanzaba para el arriendo y el pan.
Me corté el pelo a la altura de la barbilla y me lo teñí de castaño oscuro.
Nadie me miraba dos veces.
Eso me gustaba.
Todos los días, a las seis de la tarde, la lancha de Ismael atracaba en el muelle.
Bajaba, se sacaba el gorro, y caminaba derecho hasta mi puerta con una bolsa de mariscos o un pan amasado todavía tibio.
"Para la cena", decía.
"No tienes por qué."
"Ya sé."
Nunca entraba sin que yo lo invitara.
Se quedaba en la puerta, con la barba salpicada de sal, y esperaba.
Una tarde de lluvia le dije que pasara.
Cocinamos juntos un curanto en olla, con almejas, papas y chorizo.
Él me enseñó a abrir los choritos sin cortarme.
Yo le enseñé, sin querer, el nombre científico de cada pez del canal.
Se rio a carcajadas, la primera vez que lo oí reír así.
"Eres rarísima, Rosario", dijo.
"No me llamo Rosario."
Lo dije sin pensar.
Los dos nos quedamos inmóviles.
Ismael dejó el cuchillo en la mesa.
"No me lo digas", dijo en voz baja. "No hace falta."
"Quiero decírtelo. Algún día."
"Entonces algún día."
Me miraba con una ternura tan seria que me dolió.
Estábamos de pie, uno frente al otro, con las manos mojadas de mar.
La lluvia golpeaba el techo de zinc.
Di un paso.
Él no se movió.
Le toqué la mejilla, la barba áspera, la piel tibia debajo.
"Hace cinco años que nadie me toca por gusto", susurré.
"Yo hace tres", dijo él.
Me besó.
Fue un beso lento, con sabor a sal y a vino tinto, que me aflojó las rodillas.
Sus manos grandes me rodearon la cintura, y yo le agarré la camisa con los puños.
Me levantó sin esfuerzo y me sentó en el borde de la mesa, entre las almejas y las papas.
Nos reímos contra la boca del otro.
Me desabrochó la blusa con una paciencia que me hizo temblar.
Me besó el cuello, la clavícula, los pechos, con una boca que parecía conocer cada parte de mí aunque nunca la hubiera visto.
Eché la cabeza hacia atrás y gemí.
Me desnudó despacio, en esa cocina de palafito, mientras la lluvia caía y el agua se mecía bajo el piso.
Cuando quedé desnuda delante de él, me tapé un segundo.
"No", dijo él. "Déjame verte."
Bajé las manos.
Me miró como si fuera la primera vez que alguien lo dejaba mirar.
"Eres hermosa", dijo con la voz ronca.
Lo desnudé a él también.
Tenía el cuerpo fuerte de quien jala redes y cabos desde niño, con una cicatriz larga en el costado y los hombros anchos.
Me tomó en brazos y me llevó al catre pequeño junto a la ventana.
Me acostó con mucho cuidado y se puso encima, apoyado en los codos.
Entró en mí despacio, mirándome a los ojos.
Gemí.
Era distinto de todo lo que conocía.
No había oraciones ni silencios ni distancia.
Había un hombre vivo, caliente, hundido en mí hasta el fondo, respirando contra mi cuello.
"Mírame", susurró.
"Te miro", dije, y me aferré a su espalda. "Por Dios, no te detengas."
Se movió.
Despacio al principio, profundo, con un ritmo constante de marea.
Yo levanté las caderas para encontrarlo, y la cama crujió.
Le mordí el hombro.
Él me levantó una pierna sobre su cintura y llegó más hondo.
Mi placer subió como una ola.
Me vine con un grito ahogado contra su cuello, apretándolo, con todo el cuerpo temblando.
Él me siguió casi enseguida, con un gemido grave, y se quedó quieto, abrazándome.
Afuera la lluvia seguía.
Nos quedamos en silencio mucho tiempo.
Después de un rato, con la cabeza en su pecho, escuché su corazón.
Me quedé dormida así.
Cuando desperté al amanecer, Ismael ya estaba vestido, sentado en el borde del catre, con una taza de mate en la mano.
"Te traje esto", dijo.
Y me señaló la ventana.
En el poste de luz del muelle habían pegado un afiche de papel brillante, nuevo, que no estaba la noche anterior.
Una mujer rubia, hermosa, de dientes perfectos, sonreía bajo un titular en letras doradas.
"GLORIA. Gira Nacional. Gran Concierto en Castro, sábado 14."