La Amante Favorita del Don Desapareció, novela · Capítulo 4 de 24
Capítulo 4: Ataúd vacío
La iglesia de San Ignacio olía a cera y a rosas caras.
Entré cinco minutos tarde, con el velo hasta la barbilla y las manos enguantadas, y me senté en el último banco.
Desde ahí vi mi propio ataúd.
Era de caoba, con herrajes de plata y una corona de lirios blancos encima.
Alguien había puesto mi fotografía en un caballete, y salía yo riéndome en una playa de Capri, con el pelo revuelto.
Corrado la había tomado.
Por un momento me dolió tanto que tuve que apretar el borde del banco con las uñas.
Después miré a la primera fila.
Corrado estaba de pie, con traje negro y las manos juntas a la altura del cinturón.
No había dormido.
Tenía las ojeras hundidas, la barba sin cuidar y esa mirada fija de los hombres que no se dejan ver.
A su derecha, tan cerca que sus hombros se tocaban, estaba Zinaida.
Llevaba un vestido negro entallado, el pelo rubio recogido en un nudo y un velo de encaje que le caía sobre la frente.
Lloraba bien.
Se secaba los ojos con un pañuelo de seda, y de vez en cuando le acariciaba el brazo a Corrado.
Él no se movía.
A su lado, Gleb Orlov ocupaba la mitad del banco, con su abrigo oscuro y sus anillos de oro.
Los capos de Chicago llenaban las filas siguientes.
Los conocía a todos, y a todos les había guardado algún secreto.
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