La Amante Favorita del Don Desapareció, novela · Capítulo 7 de 24
Capítulo 7: El Don sin ojos
Había instalado yo misma las cámaras del penthouse, hacía cuatro años.
Corrado nunca supo que una de ellas, la del pasillo, tenía una segunda conexión que solo yo conocía.
Esa noche, desde mi antigua habitación en Florencia, con la tablet en las rodillas, la abrí por primera vez.
No lo hice por nostalgia.
Quería ver con mis propios ojos cómo se comportaba un hombre que ya no tenía ojos.
Eran las ocho de la noche en Chicago.
Corrado estaba solo en el salón, descalzo, con la camisa sin abrochar y una botella vacía en el suelo.
Ya no quedaba nada intacto.
Había arrancado los cuadros de las paredes y los había tirado en una pila contra la chimenea.
El espejo del vestíbulo estaba roto, y los restos del cristal brillaban sobre la alfombra.
Fabrizio estaba de pie, a un lado, con las manos abiertas.
"Corrado, así no vas a encontrar nada."
"Todos están ciegos", dijo él, sin volverse. "Cuarenta fuentes, y de pronto ninguna responde."
"Quizá porque las manejaba ella."
"Ella está muerta."
"Y entonces, ¿quién les dijo que dejaran de hablar?"
Corrado giró la cabeza despacio.
Por primera vez vi su cara de cerca en la pantalla, y me costó respirar.
Tenía los ojos rojos y hundidos, y una expresión que yo nunca le había visto.
Parecía un animal acorralado.
"No lo sé", dijo. "No lo sé, Fabrizio."
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