La Mentira que Me Alimentó, novela · Capítulo 9 de 16
Capítulo 9: La tía
Mi tía tiene setenta y ocho años y un temblor en las manos.
Vive en una residencia de las Hermanas de la Misericordia, en Monreale.
Me crió desde los catorce.
Me enseñó a hacer pasta, a rezar el rosario y a no llorar delante de los hombres.
Cinco años después de mi boda, yo seguía pagando su cuarto con la mensualidad que Sandro me daba.
Ella se creía que mi marido era un hombre bueno.
Concetta lo sabía.
Por eso había elegido ese camino.
"Es una pena", dijo, sin dejar de mirarme. "Una anciana tan frágil, en una residencia tan cara. Cualquier cosa puede pasarle. Un resbalón. Una neumonía."
Me quedé quieta.
Sandro no decía nada.
Miraba por la ventana, con las manos detrás de la espalda, como si el asunto no fuera con él.
Eso me dolió más que la amenaza.
"Firma hoy", siguió Concetta. "Hoy mismo, en privado, sin ceremonias, y tu tía vivirá cien años bajo mi protección."
Respiré hondo.
Me puse de pie.
Era una sensación nueva, la de estar de pie delante de ella, sin temblar.
"Doña Concetta", dije. "Usted sabe cómo funciona el puerto."
"Mejor que tú."
"Los estibadores no respetan papeles. Respetan rituales. El día que mi padre murió, ellos aceptaron a Sandro como administrador porque yo lo presenté delante de todos, en el muelle, con la mano en su hombro."
Concetta no se movió.
"Si ahora firmo a escondidas, el sindicato dirá que me obligaron. Y se plantarán. Y ningún barco Ruggeri saldrá del puerto de Palermo hasta que alguien limpie esa mancha."
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