La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 10 de 12
Capítulo 10: Las manos atadas
El humo era real.
Lo olí a las once de la noche, cuando volvíamos del pueblo con los costales de café a medio secar sobre el burro.
Un resplandor naranja se levantaba detrás de la loma, donde estaba el galpón de los Tapia.
"Los sacos", dijo Anselmo, y soltó la soga.
Corrimos monte arriba.
Dos hombres con paliacates en la cara echaban petróleo sobre la pared de tablas, y una llama alta lamía el techo de lámina.
En medio del patio, con un bidón en la mano, estaba Gervasio.
"Si no es mío, no es de nadie", gritó, y tiró el fósforo.
Las tablas del galpón estallaron en fuego.
Anselmo se lanzó contra él, y los dos rodaron por la tierra.
Yo corrí al aljibe, llené la primera cubeta, y empecé a gritar.
"¡Fuego! ¡Fuego en los Tapia!"
No hizo falta más.
La campana de la iglesia sonó otra vez, lejana, y empezaron a bajar luces por todos los senderos.
Eran antorchas, linternas, faroles.
Llegaron las comadres con cubetas, los muchachos con costales mojados, los viejos con palas.
Formaron una cadena desde el arroyo, sin que nadie la ordenara, y las cubetas pasaron de mano en mano hasta apagar el fuego.
Los dos hombres de los paliacates intentaron huir por la barranca.
Tres comuneros los alcanzaron, y los dejaron tendidos en el lodo.
A Gervasio lo traía Leandro agarrado del cuello de la guayabera, con una mejilla sangrando y los anteojos rotos.
Anselmo lo seguía, con el labio partido, pero de pie.
"El galpón se salvó", me dijo, jadeando. "Perdimos una pared. El café está bien."
Me volví hacia Gervasio.
Estaba despeinado y sucio, con la mirada de un animal acorralado, sin la sonrisa.
"Usted me debe dieciocho mil pesos de un adelanto que se pagó tres veces", le dije. "Y una pared, y mi nombre."
"Tú no sabes con quién…"
"Sí sé." Me acerqué a su cara. "Con un ladrón."
Dos policías de la cabecera, que había llamado el visitador desde el pueblo, subieron la cuesta con las linternas en alto.
Le pusieron las esposas delante de todos.
Nadie lo defendió.
Una viejita le escupió en los zapatos.
Se lo llevaron entre silbidos, y el pueblo regresó a sus casas con las cubetas vacías y el hollín en la cara.
Quedamos solos, los tres, en el patio negro.
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