La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 12 de 12
Capítulo 12: Cosecha
La balanza nueva del pueblo se puso en la plaza el primer sábado de la cosecha grande.
La había comprado la asamblea con el dinero que la fiscalía le quitó a Gervasio, y la cuidaba una comisión de cuatro mujeres con una libreta.
Doña Eusebia presidía la comisión.
Yo llegué con mis dos sacos a las siete de la mañana, el pelo trenzado, la blusa de manta limpia, y una sonrisa que no me cabía en la cara.
Anselmo cargaba otros dos, y Leandro, con su bata blanca sobre la camisa, llevaba el libro de registro.
Las vecinas hacían fila detrás de nosotros.
Nadie murmuraba.
Nadie me miraba de lado.
"Primer saco de los Tapia", anunció mi suegra, y lo colgó del gancho.
Contuve la respiración, aunque ya sabía.
La aguja subió, y se quedó en el cuarenta y ocho.
Justo.
"Cuarenta y ocho kilos", leyó una de las comadres, y escribió en la libreta con letra grande.
Segundo saco.
Cuarenta y ocho.
Tercero.
Cuarenta y ocho.
Anselmo se secó los ojos con el dorso de la mano.
"Fíjese qué cosa", dijo bajito. "Los mismos que cargaba hace un año."
"Los mismos."
"Mi mujer enferma."
"Tu mujer enferma", repetí, riéndome, y le di un empujón de cadera.
Una anciana de la fila me miró de arriba abajo.
Se acercó, me tomó la mano con sus dedos de rama seca, y me dijo en zapoteco algo que mi suegra tradujo con voz ronca.
"Dice que perdón. Dice que ella también lo creyó."
Le apreté los dedos.
"Ya pasó, abuela."
"No tiene que pasar", contestó la vieja, ya en español. "Tiene que quedarse en el pueblo, para que nadie lo vuelva a decir."
Cuando terminó el pesaje, don Gervasio ya estaba lejos.
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