La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: El comprador
Don Gervasio no me dejó pasar.
Se puso en medio del pasillo, con una mano en la pared, y su olor a loción barata me llenó la nariz.
"Siéntese, doctorcito", dijo. "Esto será rápido."
"Esta es mi clínica", contestó Leandro, sin moverse de la puerta.
"Es la clínica del pueblo, y el pueblo paga la renta del local con el café que yo compro." Gervasio sacó un papel doblado de la guayabera. "Aquí hay una carta para el visitador de salud. Dice que usted encierra mujeres casadas en un cuarto a puerta cerrada."
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
"Eso no es cierto", dije.
"Comadre, yo le creo." Gervasio me sonrió con toda la boca. "Pero el visitador no la conoce, y la gente ya habla."
Leandro apretó los puños detrás de la espalda.
"¿Qué quiere?"
"Que se calle y deje a mi comadre en manos de quien sabe. Mi primo el curandero hace una limpia con huevo y ruda que le saca el mal en tres sesiones."
"No necesito limpia."
"Necesita algo, porque le está costando la cosecha a su marido." Dio un paso y me puso la mano en la cintura, caliente y pesada. "Y mire que yo puedo ser comprensivo con la deuda de Anselmo. Dieciocho mil pesos de adelanto, y un cafetal que vale mucho más."
Sus dedos bajaron hasta mi cadera.
"Yo también tengo una medicina, Maricruz. Mejor que la del doctor."
Le crucé la cara con la mano abierta.
El golpe sonó como un cohete en el pasillo.
Gervasio se llevó los dedos a la mejilla, y vi cómo la sonrisa se le quedaba pegada, sin los ojos.
"Eso se paga", dijo bajito.
"Pues cóbrelo", respondí. "Pero con las manos quietas."
Leandro lo tomó del brazo y lo empujó hacia la salida, sin violencia, con una calma que le dio miedo hasta a él.
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