La Psicología Del Buen Repegón, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Piso cuatro
Para el jueves ya no me quedaba ni una duda.
Paulina no había dicho nada, ni a mí ni a nadie.
Pero yo me sentía mirada en cada pasillo, y cada vez que oía unos tacones se me cerraba el estómago.
Ulises me mandó un mensaje a las doce de la noche del miércoles.
"Biblioteca Central. Piso cuatro. Pasillo de Psicología Clínica. Mañana a las diez."
"¿A qué?", contesté.
"A estudiar."
Me pasé la noche riéndome sola en la cama, con mi hermano roncando del otro lado de la cortina.
El jueves llegué a las diez en punto, con un libro de texto en la mano y una falda nueva que había comprado a plazos con mi último sueldo de la taquería.
También traía ropa interior nueva, de algodón blanco, sin ningún agujero.
La había pagado yo.
El cuarto piso olía a polvo y a papel viejo.
Las estanterías subían hasta el techo, y entre ellas había un silencio de iglesia, roto solo por el zumbido del foco.
Ulises me esperaba al fondo, de espaldas, hojeando un tomo gordo.
Cuando oyó mis pasos, no se volteó.
"Regla dos del buen repegón", dijo en voz muy baja.
"¿Hay reglas?"
"Hay reglas. La uno la conoces: sin respuesta, no hay nada." Cerró el libro. "La dos es el silencio."
"¿Por qué?"
"Porque el que hace ruido, pierde."
Se volvió.
Tenía los ojos oscuros, brillantes, con la misma hambre del lunes y una calma nueva, de hombre que ya decidió.
Dejé el libro sobre un carrito.
"Entonces tendré que perder", dije.
"No, tú vas a ganar."
Me tomó de la mano y me llevó entre dos estanterías, a un rincón donde el pasillo se acababa en una pared de tomos de Freud.
Me puso de espaldas contra los lomos.
Los libros me clavaron las costillas.
Él se pegó a mi frente, con las manos a los lados de mi cabeza.
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