La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 13 de 16
Capítulo 13: La puerta rota
Los guardias levantaron las ballestas.
Seis flechas de punta de plata me apuntaban al pecho desde el umbral.
Me puse de pie.
Envuelta en la sábana gris, con el pelo revuelto y el hombro sangrando, me planté delante de la cama.
Dionisio se incorporó detrás de mí.
Las espinas, ya retraídas, volvieron a brotar con un chasquido seco.
Los guardias dudaron.
"Quietos", dijo él.
Su voz hizo temblar las piedras.
"Todavía no es de día", gritó Evaristo. "La prueba no ha terminado. Y yo, presidente del Concilio, declaro que esta mujer murió durante la noche."
"Estoy aquí", dije.
"Un engaño."
"Mire."
Me bajé la sábana del hombro.
La marca negra, como una enredadera de tinta, subía desde la mordida hasta el cuello.
Dionisio se giró, y mostró la suya, un reflejo exacto en el hombro opuesto.
Dos dibujos que se completaban.
Un silencio recorrió el pasillo.
Por detrás de los guardias, asomaron once cabezas.
Eran los demás miembros del Concilio, con los rostros desencajados, mirando la puerta destrozada.
"El vínculo", susurró la anciana. "Está sellado."
"Eso es imposible", dijo alguien.
"Se ve a simple vista."
Evaristo se quedó rígido.
Pero en vez de retroceder, avanzó un paso, y con un movimiento brusco sacó de su bastón una hoja larga de plata.
"Entonces los mataré a los dos y diré que fue un accidente."
"No lo hará", dijo una voz desde atrás.
Magnolia Cuervo atravesó el cordón de guardias con su tablet en una mano y una carpeta bajo el brazo, tan serena como si entrara a una junta de directorio.
Detrás de ella, con la bata arremangada, venía Lía Montoya, con un frasquito en alto.
"Con permiso, señores del Concilio", dijo Magnolia. "Tengo documentos que presentar."
"¿Quién la dejó pasar?"
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