Me fui… y todos enloquecieron, novela · Capítulo 6 de 12
Capítulo 6: Misión cumplida
Les pedí a Valerio y a Anselmo que se fueran.
Lo hice de pie, con la manta sobre los hombros y la voz ya firme.
"Gracias por venir", dije. "No hace falta que se queden."
"Inés..." empezó Valerio.
"Vuelvan a la capital."
"No podemos dejarla aquí."
"Puedo cuidarme."
"Entonces déjenos cuidarla a nosotros", dijo Anselmo, con la misma frialdad pulida de siempre, aunque le temblaba un músculo en la mejilla.
"No."
"¿Por qué?"
Los miré a los dos.
Al general, de barba blanca y manos callosas.
Al canciller, de ojos grises y guantes en la mano.
Hombres que habían decidido guerras y repartido provincias.
Y que en veintiún años no habían dedicado una hora a preguntarme qué quería.
"Porque no me preguntaron antes", respondí. "Y ahora que sí lo hacen, no tengo nada que contestar."
Se hizo un silencio incómodo.
Casiano se apartó, discreto.
Anselmo bajó la mirada.
Valerio me hizo una reverencia torpe, de soldado, con el puño sobre el pecho.
"Estaré en el pueblo", dijo. "En la posada. Por si cambia de idea."
"No voy a cambiar."
"Entonces estaré igual."
Salieron.
Los vi subir a sus caballos y alejarse por el camino de tierra, uno detrás del otro.
La casa quedó callada.
Casiano cerró la puerta.
Yo me senté en el borde de la cama y me quedé mirando el suelo, con la venda de seda en el regazo.
"¿Estás bien?", preguntó.
"No sé."
"Está bien no saberlo."
Me reí.
Una risa corta y rara.
"Veintiún años", dije. "Veintiún años tratando de que cuatro hombres me miraran. Y ahora tres de ellos se arrodillan en tu suelo y yo solo quiero que se vayan."
"Es comprensible."
"¿Lo es?"
"Cuando uno pasa tanto tiempo sediento y de pronto le ofrecen un río, lo primero que siente es náusea."
Me quedé pensando en eso.
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