Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 5 de 16
Capítulo 5: La Poza del Venado
Me llevó a la Poza del Venado.
Era un manantial de aguas termales escondido entre rocas negras, a veinte minutos de la cabaña.
De jóvenes íbamos allí a escondernos de todo el mundo.
El vapor subía en columnas blancas bajo la luna.
Olía a azufre, a musgo y a noche limpia.
Abdiel me dejó sobre una roca plana, cubierta de hojas.
Se quitó la chaqueta y la puso sobre mis hombros.
"No tengo fuerzas", dije.
"No te estoy pidiendo fuerzas."
"No quiero que me veas."
"Ya te vi hoy."
"No así."
Se arrodilló frente a mí.
Me tomó la cara con las dos manos, como lo había hecho tantas veces a los dieciséis años.
"Amaranta. Mírame."
Lo miré.
"No voy a hacer esto con lástima."
"No quiero lástima."
"No la tengo."
"Entonces tócame."
Lo dije bajito, sin pensar, con una verdad tan simple que casi me dio risa.
Llevaba siete años queriendo exactamente eso.
Me besó.
Fue un beso lento, hondo, con la lengua buscando la mía, con las manos subiendo por mis brazos delgados.
Me quitó el camisón por la cabeza, con cuidado, como si fuera de papel.
Quedé desnuda sobre su chaqueta, bajo la luna.
Vi cómo me miraba.
Sus ojos me recorrieron el cuerpo entero.
Los pechos pequeños, las costillas marcadas, las caderas flacas.
El hilo de cicatrices plateadas que me subía como una enredadera desde la cintura hasta los hombros.
"No mires", susurré, y traté de taparme.
"Mírame tú."
Me tomó las manos.
Las apartó.
Se inclinó y besó la primera cicatriz.
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