Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 8 de 16
Capítulo 8: Treinta frascos
Mi madre volvió de la panadería con una bolsa de pan caliente y se quedó clavada en el umbral.
Abdiel Ballesteros, el heredero de la sierra, estaba sentado en el suelo de nuestra cabaña.
Tenía la espalda contra mi cama y mi mano entre las suyas.
Hacía una hora que no me soltaba.
Cada vez que lo intentaba, se le contraía la cara de dolor.
"Es el vínculo", me había explicado, con voz ronca. "Cuando me alejo de ti, lo siento en los huesos."
Yo lo sentía también.
Era un tirón suave en el pecho, como un hilo atado a una costilla.
Mi madre dejó la bolsa en la mesa.
No dijo nada.
Se limpió las manos en el delantal, se sentó en la silla de la cocina y nos miró.
"¿Hace cuánto?", preguntó.
"Esta mañana", respondió Abdiel.
"No me refiero a eso."
"Anoche."
Asintió.
Parecía haber esperado oír esa respuesta durante siete años.
"Mamá", dije. "Tenemos que contarte algo."
"Ya lo sé."
"No lo sabes."
"Sé que Casimira no es buena." Levantó la vista. "Lo sé desde hace tres años."
Me quedé muda.
Abdiel se enderezó.
"¿Qué dice?"
Mi madre se levantó despacio.
Fue hasta la alacena del rincón, una de madera vieja que había sido de mi abuela.
Abrió la puerta de abajo.
Sacó una caja de zapatos atada con cordel.
La puso sobre la mesa, y deshizo el nudo.
Dentro había treinta frasquitos de vidrio oscuro, vacíos, ordenados en filas, con una etiqueta escrita a mano en cada uno.
La letra fina y torcida de Casimira.
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