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Mi Nueva Medicina Grande Y Dura, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La hora de callar

Gael la toma por primera vez, ordena el silencio y le promete que la noche no ha terminado.

Me quedé sin aire, colgada de sus hombros, con la punta de Gael apenas dentro de mí.

"Contesta", susurró contra mi boca.

"No puedo."

"Puedes. Dile algo normal."

Tragué saliva.

"¿Qué quieres, Bren?"

Mi voz salió pastosa, rara, como de alguien recién despertada.

"Oye, ¿estás bien? Te oí algo."

"Estaba dormida."

Gael me empujó un centímetro más adentro.

Casi se me escapa un grito, y me mordí el labio hasta sentir el sabor del hierro.

"¿Dormida a las seis de la tarde?" Brenda se rió al otro lado. "Qué vieja eres, Dalia."

"Es el mezcal."

"No has tomado mezcal."

"Es el... el viaje. El aire de la sierra."

Gael bajó la cara a mi cuello y me mordió suavemente.

Tuve que apretar los ojos.

Otro centímetro.

Sentía cada pulgada de su verga abriéndome, despacio, sin piedad.

"Oye, la cena es a las siete", dijo Brenda. "¿Vienes?"

"Voy... voy en un rato."

"Ya. Mueve el trasero."

Se oyeron sus pasos alejándose, la puerta, el crujido del portal.

Cuando por fin se hizo el silencio, Gael me sujetó por los muslos y me llenó de un solo empujón.

Esta vez sí grité.

Me tapó la boca con un beso, y el grito se me quedó dentro, vibrando en su garganta.

Estaba tan lleno, tan hondo, que me dolió un instante.

Después fue la cosa más rica del mundo.

"Dios", jadeó contra mi mejilla. "Estás tan apretada."

"Muévete."

"Primero respira."

"Gael, muévete, por favor."

Salió casi entero, lentamente, y volvió a entrar con un golpe seco que me sacudió contra la pared.

Y otro.

Y otro.

Me embistió contra la madera, con una fuerza controlada que no esperaba de un hombre tan callado.

Cada empujón me llegaba a la columna.

Cada vez que salía, yo lo apretaba para que no se fuera.

La pared crujía.

Los cuadros de la cabaña vecina, con seguridad, estaban temblando.

"Más bajo", me recordó, jadeando.

"No puedo más bajo."

"Sí puedes."

Me mordí el hombro de su camisa.

Él empujó más fuerte, a un ritmo largo y profundo que me tenía la cabeza en blanco.

Sentí el segundo orgasmo subir desde los talones, y apreté los muslos alrededor de su cintura.

"Gael..."

"Todavía no."

"¡Gael!"

"Aguanta."

Dejó de moverse.

Lo sentí palpitar dentro de mí, enorme y duro, y yo, atrapada contra la pared, solté un gemido de desesperación.

"Cruel", susurré.

"Dijiste que querías ayuda."

"Eres un..."

"Dilo."

"Un hijo de la chingada."

Se rió, grave, y me besó la sien.

"Eso sí lo vas a pagar."

Me sacó de la pared sin salirse de mí, cargándome, y en dos pasos llegamos a la mesa junto a la ventana.

Me sentó en el borde, tiró el libro al suelo con el brazo y me tumbó de espaldas sobre la madera.

La lámpara se bamboleó.

Me abrió las piernas con las manos, las dobló hacia mi pecho, y se quedó mirando cómo su verga entraba y salía de mí, brillante.

"Mira qué bien te queda", dijo.

Me ardió la cara.

Y me puso más mojada.

Empezó a embestirme otra vez, con las manos clavadas en mis rodillas, y esta vez el ángulo era distinto, más hondo, justo contra ese punto que ni yo sabía que tenía.

Me arqueé sobre la mesa y mi cabeza colgó en el borde.

Vi la cabaña al revés, la ventana, los pinos negros, la niebla de las termas.

Y a él, de pie, vestido a medias, con el sudor bajándole por el pecho.

"Tócate", ordenó.

"¿Qué?"

"Tócate el clítoris. Quiero verte."

Obedecí.

Mis dedos encontraron el botón hinchado, y empecé a frotarme al ritmo de sus embestidas.

Gael miró mi mano, miró mi cara, y su respiración se hizo más áspera.

"Así. Muy bien. Eres tan..."

No terminó la frase.

Un temblor le recorrió los muslos.

Lo sentí crecer dentro de mí, y supe que estaba cerca.

"Ahora", dijo. "Ven conmigo."

El orgasmo me atravesó como un rayo.

Apreté los dientes y mordí mi propio brazo para no gritar, con los ojos en blanco, mientras mi sexo se contraía alrededor de él una y otra vez.

Gael soltó un gruñido ronco, enterró su cara en mi hombro y se vino dentro de mí con una serie de empujones profundos, apretándome las caderas.

Sentí su calor llenándome, espeso, y lloré un poco de pura gratitud.

Nos quedamos así, jadeando, él sobre mí y yo sobre la mesa, con el corazón a mil.

Me besó el cuello, la barbilla, la comisura de la boca.

"¿Mejor?", preguntó.

Me tomé un momento para revisarme.

El fuego seguía ahí.

Más bajo, pero no se había apagado.

"Un poco", admití.

"Un poco."

Se rió, y salió despacio, con un gesto de dolor placentero que me dio ternura.

Me ayudó a incorporarme.

Estaba temblando entera, con las piernas de gelatina.

Me llevó a la cama y me sentó en el borde.

Se quitó la camisa al fin, y vi su pecho ancho, con vello oscuro y una cicatriz pálida bajo las costillas.

Se quitó el pantalón.

Estaba desnudo, y todavía semiduro, y la visión me hizo apretar los muslos.

"Hay una cena", dije, sin mucha convicción.

"Llegaremos tarde."

"Gael..."

"Te dije que no íbamos a salir de aquí hasta que se te quitara."

"No te lo dije yo."

"Lo dije yo."

Me puso de rodillas en la cama, de espaldas a él, y me abrió las nalgas con las manos.

Me quedé quieta, con el pulso en los oídos.

Su lengua me recorrió desde atrás, despacio, de arriba abajo.

Casi me caigo.

"Gael..."

"Calla."

"Es que..."

"Calla y recibe."

Me lamió hasta que me temblaron los brazos, y luego se pegó a mi espalda y su verga, otra vez dura, se frotó contra mi entrada.

"Ahora la tercera", murmuró en mi oído.

Entró en mí por detrás, hasta el fondo, y los dos soltamos un gemido bajo.

Me tomó de las caderas y empezó a moverse, lento, apretando mi cintura con los dedos.

Yo enterré la cara en la almohada.

Mis gemidos se ahogaban en el algodón, y él, detrás de mí, jadeaba con cada embestida.

La cama golpeaba la pared.

"Que se escuche", gruñó de pronto. "Que se escuche todo."

Me dio una nalgada seca, que sonó como un latigazo.

Grité contra la almohada.

"¿Te gusta?"

"Sí."

"Dilo."

"Me gusta."

"¿Qué te gusta?"

"Que me cojas."

Otra nalgada.

Después otra, y yo me mojé todavía más, empujando el culo hacia atrás para recibirlo.

"Ven aquí", gruñó.

Salió de mí, me dio la vuelta como si no pesara nada y se sentó contra la cabecera de madera.

Me subió a su regazo, de frente, con las rodillas a sus costados.

"Ahora tú."

Me alcé sobre él, lo guié con la mano y me dejé caer despacio.

Los dos cerramos los ojos.

Desde esa posición lo sentía más hondo todavía, hasta el vientre, y me aferré a su cuello.

Empecé a moverme, con las caderas en círculos y los pechos rozando su pecho sudado.

Él me miraba la cara con una atención que casi no podía soportar.

"No cierres los ojos", dijo.

"Es que..."

"Mírame cuando te vengas."

Lo miré.

Sus manos me agarraron las nalgas y me marcaron el ritmo, arriba y abajo, cada vez más rápido.

Mi boca buscó la suya, y nos besamos con los dientes, con la lengua, con los gemidos ahogados el uno en el otro.

Sentí que me llegaba otra vez, una ola larga y lenta que me subía por la espalda.

"Gael, ya, ya, ya..."

"Ahora."

Me vine con un temblor que me dobló sobre su hombro, y apreté tanto que él echó la cabeza atrás con un gruñido sordo.

Se vino conmigo, sujetándome contra su pecho, y sentí cada latido dentro de mí.

Quedamos tirados sobre las sábanas, sudando.

No sé cuánto tiempo pasó.

La campana de la cena sonó afuera, lejos.

Nadie vino a tocar.

Gael se acostó de lado y me atrajo contra su pecho, con un brazo bajo mi cabeza.

Nos quedamos callados un rato.

Yo escuchaba su corazón, que aún golpeaba rápido.

"Dalia", dijo al fin.

"¿Mm?"

"¿Cómo te sientes?"

Abrí los ojos.

Todavía había fuego.

Pequeño, lejano, enroscado en el fondo de mi vientre.

Pero estaba ahí, y me recordaba que mi cuerpo no era mío del todo.

"Aún no se me quita", confesé.

Su mano bajó por mi cadera, y sentí su sonrisa en mi pelo.

"Qué bueno", dijo.

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