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Mi Papi También Saca Leche, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: Apagón

Esa noche se fue la luz en toda Gazcue.

Un apagón de los de siempre, de los que nadie anuncia y todos esperan.

Los vecinos se asomaron a los balcones y los niños corrieron por el pasillo con linternas.

Nahomi se fue con unas amigas a una fiesta en Naco, porque dijo que "sin aire acondicionado no se puede vivir".

Ramón y yo nos quedamos solos en el apartamento.

Fue él quien dijo:

"Subamos a la azotea. Corre brisa."

Subimos las escaleras de cemento, con una vela en un plato y una botella de agua helada que ya no estaba helada.

La azotea era un cuadrado de concreto con cuatro tinacos, un tendedero y un viejo sofá cama de playa, cubierto con una lona.

Arriba, la noche de Santo Domingo.

Sin luces, sin ruido, con un cielo lleno de estrellas y el rumor lejano del mar.

Él dejó la vela sobre un tinaco, y la llama le dibujó sombras largas en la cara.

Yo me quedé de pie, con un vestido de algodón flojo y nada debajo.

Lo había decidido en el pasillo.

"Hoy mando yo", le dije.

Sonrió, torciendo el bigote.

"Mande, patrona."

Caminé hasta él y le saqué la camiseta por la cabeza.

Era la primera vez que lo veía entero, a la luz de una vela.

Tenía el pecho ancho, con vello gris, la cicatriz de las costillas, los brazos gruesos de cargar fierros.

Le pasé las manos por el abdomen, por los hombros, por la espalda.

Él me dejó, con los ojos cerrados.

"Siéntate", pedí.

Se sentó en el borde del sofá cama.

Me arrodillé entre sus piernas, sobre la lona tibia.

Le desabroché el pantalón, se lo bajé con el calzoncillo, y su pinga saltó libre, dura, apuntando a mi cara.

La miré a la luz de la vela.

Era hermosa.

Gruesa, larga, con una vena marcada a un costado y la cabeza ancha y morada.

"Ay, papi", susurré.

Se la tomé con las dos manos.

No me alcanzaban para rodearla.

Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, despacio, y lo sentí estremecerse.

Se la metí en la boca.

Estaba caliente, salada, pesada.

Chupé con suavidad, y después más hondo, sacando la lengua para bañarla.

Ramón gimió.

Un gemido ronco, grave, que le salió del pecho.

Me hundió los dedos en el pelo.

"Mami", dijo. "Qué boca tienes."

Seguí.

Con las manos en sus muslos, con la boca abierta, con los ojos puestos en los suyos.

Él me miraba con una expresión que no le había visto, mezcla de dicha y de incredulidad.

"Si sigues, me voy a venir", avisó.

Me la saqué de la boca con un chasquido.

"Todavía no."

Me puse de pie.

Me saqué el vestido por la cabeza.

Quedé desnuda delante de él, con la vela temblando detrás de mí y la brisa fresca en la piel.

Las tetas me goteaban.

Dos hilos blancos bajaban por mi vientre, brillando.

Ramón me miraba hipnotizado.

Me subí al sofá cama, a horcajadas sobre sus caderas, y me acomodé su pinga contra la entrada.

"Mírame", ordené.

Me miró.

Bajé despacio.

La cabeza me abrió, luego el resto.

Gemí con los dientes apretados, sintiéndome estirar, sintiéndolo entrar hasta el fondo.

Cuando por fin quedé sentada sobre sus muslos, con él completo dentro de mí, los dos soltamos un suspiro largo.

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