Nadando En Las Medias De Mi Ahijada, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Toda la noche
Llegó a mi departamento a las doce y cuarto de la noche, con una mochila al hombro y el pelo suelto.
No dijo hola.
Cerró la puerta con el talón, soltó la mochila en el piso de madera, y me empujó contra la pared del pasillo.
"Hoy mando yo", dijo.
"Zaira..."
"Hoy mando yo, padrino. Toda la noche."
Me besó con las dos manos en mi cara, mordiéndome el labio, y yo la dejé.
Hacía seis meses que dormía solo en ese departamento de dos recámaras, con los muebles de segunda mano y un ventilador de techo que no giraba bien.
Nadie había entrado en él, salvo yo.
Y ahora ella caminaba descalza por la sala, con el abrigo abierto y la luz de la calle en el pelo.
Se detuvo frente a la puerta de mi recámara.
"¿Es aquí?"
"Es aquí."
"Quítate la ropa."
Me desnudé sin quitarle los ojos de encima.
Ella se sentó en el borde de la cama, con las piernas cruzadas, y me miró despacio, de arriba abajo, con una atención que me recorrió como una mano.
Se había puesto un vestido negro de tirantes finos.
Debajo, medias negras con costura, hasta medio muslo, y un liguero con broches plateados.
Nada más.
Se puso de pie, deslizó los tirantes por los hombros, y el vestido cayó a sus pies.
Quedó frente a mí en medias y liguero, desnuda, con la luz amarilla de la lámpara dibujándole la cintura.
"Sube a la cama", ordenó. "Boca arriba."
Subí.
Ella tomó una de las medias, la que se había quitado de la pierna al entrar, y me ató la muñeca derecha al cabecero de hierro.
Después la otra, con una liga.
Tiré suavemente, probando.
Aguantaba.
"Si quieres que pare", dijo, subiéndose a la cama a horcajadas sobre mi cintura, "dime que me detenga."
"Ni se te ocurra."
Sonrió.
"Perfecto."
Se inclinó sobre mí y me besó el cuello, la clavícula, el pecho.
Me lamió un pezón, lo mordió despacio, y un temblor me recorrió la espalda.
Sus manos bajaron por mi abdomen, arañándome apenas, y rodearon mi verga con los dedos.
"Mírala", murmuró. "Ya está lista otra vez."
"Es culpa tuya."
"Lo sé."
La acarició de arriba abajo, apretando, con un ritmo lento y firme.
Yo tiraba de las medias que me ataban, y la tela crujía.
"Quiero tocarte."
"No."
"Zaira."
"Hoy no."
Bajó la cara y me lamió la punta, una vez, con la lengua plana.
Después se la metió entera en la boca, hondo, hasta que sentí su garganta apretarme.
Gemí tan fuerte que el cabecero golpeó la pared.
Me chupó con una mezcla de ternura y hambre, mirándome desde abajo con los ojos llenos de lágrimas por el esfuerzo.
Cuando yo estaba al borde, se apartó.
"Todavía no."
"Me estás matando."
"Esa es la idea."
Se arrastró hacia arriba sobre mi cuerpo, hasta quedar con las rodillas a ambos lados de mi cara.
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