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Papi Alfa, por favor no pares, novela · Capítulo 4 de 24

Capítulo 4: El puesto

A las doce menos diez salí de mi cuarto descalza, con las botas en la mano.

Pasé frente a la puerta de mi madre sin respirar.

Del otro lado se oía un ronquido suave, de sueño profundo.

Ciro me esperaba en el porche, con una chamarra de cuero y las llaves de la camioneta.

No dijo nada.

Me abrió la puerta del copiloto, y me tendió una mano para subir.

Condujo por un camino de tierra que se internaba en el bosque, con los faros apagados y la luna llena a medias iluminando los pinos.

Yo miraba el perfil de su cara, la cicatriz de la mandíbula, la mano grande sobre el volante.

"¿Adónde vamos?"

"A un puesto de caza que era de mi padre. Nadie lo usa. Nadie lo huele."

"¿Nadie?"

"Nadie más que yo."

Quince minutos después, el camino terminó en un claro.

Había una cabaña de troncos, con chimenea de piedra y una ventana pequeña.

Entramos.

Ciro encendió el fuego con dos movimientos secos.

Una alfombra de piel de oso cubría el suelo frente a la chimenea, y había un catre ancho, con cobijas pesadas, contra la pared.

El calor me subió a la cara.

Estábamos solos.

A siete kilómetros de mi madre.

"Tamara."

"Dime."

"Esta es la última vez que te pregunto."

Se quedó de pie al otro lado de la sala, con los brazos a los costados.

"Si damos este paso, no hay regreso. Mi lobo no te va a soltar."

"¿Y el tuyo?"

"Está en mi garganta desde que entraste."

"Pues déjalo salir."

Cruzó la cabaña en cuatro zancadas.

Me levantó la cara con una mano, y me besó con una furia lenta que me dejó sin aliento.

Nos quitamos la ropa a tirones.

Su chamarra, mi chamarra. Su camisa, mi vestido. Sus botas, mis botas.

Cuando quedamos desnudos frente al fuego, me quedé mirándolo con la boca abierta.

Era una pared de músculo y cicatrices, con vello oscuro en el pecho.

Una línea de vello bajaba hasta una verga gruesa y larga, ya dura, con una vena marcada y una base más ancha que el resto.

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