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Quédate Con Tu Luna Podrida, novela · Capítulo 3 de 20

Capítulo 3: Cresta de Plata

Zacarías presenta a Nereida como jefa guerrera y Prudencio la reta delante de todos.

Unas manos me levantaron del suelo antes de que dejara de gritar.

Manos grandes, callosas, que me tomaron por los codos con cuidado.

Olían a humo de leña y a pino.

"Respira", dijo una voz que conocía desde que tenía seis años. "Respira, Nereida. Ya pasó lo peor."

Abrí los ojos.

Zacarías Salvatierra me miraba desde muy cerca.

Más ancho de hombros que la última vez que lo vi, con el pelo rubio oscuro revuelto, la barba de tres días y la cicatriz que le partía la ceja izquierda.

Los ojos verdes, preocupados.

"Hola, Zac", dije, y me salió un hilo de voz.

"Hola, Nere."

Casi me reí.

Hacía siete años que nadie me llamaba así.

"Me duele la nuca."

"Lo sé. Lo siento desde aquí." Frunció el ceño. "Alguien te marcó."

"Después te cuento."

"Después, entonces."

No preguntó más.

Me ayudó a ponerme de pie, me pasó su capa de lana por los hombros, y me llevó a pie por el sendero de pinos hasta Cresta de Plata, con dos de sus lobos detrás, a distancia respetuosa.

El dolor fue bajando a cada paso, como una marea.

Cuando llegamos a las primeras cabañas, ya era un latido sordo en la nuca.

Soportable.

Cresta de Plata era más pequeña que mi vieja manada.

Cabañas de piedra gris con techos de pizarra, un río claro corriendo entre las casas, y una plaza central con un hogar enorme, donde ardía un fuego que nunca se apagaba.

Los lobos salieron a mirarme.

Mujeres con cestos, niños descalzos, ancianos en las puertas.

Nadie decía nada.

Zacarías me llevó hasta la plaza y subió a la plataforma de piedra junto al hogar.

Yo subí detrás de él.

"Manada", dijo, con una voz que no necesitó alzarse. "Esta es Nereida Aldunate, hija del antiguo Beta de Colmillo Rojo, que fue amigo de mi padre. Se crió en esta plaza hasta los quince años. Desde hoy es la jefa guerrera de Cresta de Plata."

Silencio.

Un silencio largo, helado, que me recorrió el cuerpo.

"¿Una colmillo?", susurró alguien.

"Colmillo Rojo ha estado matando nuestros venados todo el verano."

"Una espía."

"Hija de errante, además."

Escuché cada palabra.

Zacarías no se movió.

Yo tampoco.

"Alfa", dijo una voz clara desde el fondo de la plaza.

Un hombre salió del grupo.

Cincuenta y cinco años, calvo, con un bigote gris espeso y el brazo izquierdo rígido pegado al costado.

Cuando caminaba, se le notaba una cojera leve, como de herida vieja.

Prudencio Lanza, el jefe de guerra.

Lo recordaba.

Me había enseñado a lanzar un cuchillo cuando yo tenía diez años.

"Con todo respeto", dijo, "yo llevo treinta años mandando a los guerreros de esta manada. No pienso entregar el puesto a una desconocida."

"No te lo pido", respondió Zacarías. "Te pido que la dejes demostrar."

"Ya sé lo que va a demostrar."

Prudencio caminó hasta el pie de la plataforma.

Me miró de arriba abajo.

Después se acercó un paso más, olfateó el aire, y entrecerró los ojos.

"Huele a otro Alfa."

Un murmullo recorrió la plaza.

Yo no moví la cara.

"Huele a marca de compañero", añadió Prudencio en voz alta. "En la nuca, bajo la trenza. Con el olor de Ambrosio Valderrama."

Quería que lo oyeran todos.

Y todos lo oyeron.

El murmullo creció hasta un rumor furioso.

Alguien escupió al suelo.

"Una Luna de Colmillo Rojo", dijo una mujer. "Una espía de verdad."

"Una traidora."

Zacarías levantó la mano, y la plaza se calló.

"Prudencio", dijo, y sonó muy bajo. "Estás hablando de mi invitada."

"Estoy hablando de lo que huelo, Alfa."

"Y yo huelo lo mismo. Y a pesar de eso, la traje."

Sentí que me ardían las mejillas.

No de vergüenza.

De rabia, limpia, como una hoguera que se enciende de golpe.

Di un paso al frente.

"Prudencio Lanza."

Se volvió a mirarme.

"Es verdad", dije. "Llevo la marca de Ambrosio Valderrama. Cuatro años. Me la puso él, y él me dijo que era temporal."

La plaza contuvo el aliento.

"Esta mañana, delante de todos sus jefes de patrulla, dejé mi rango y mi cuchillo. Crucé la frontera con el pecho abierto por esa misma marca. Ya vieron cómo llegué."

Hice una pausa.

"No vengo a espiar. Vengo a pelear contra él."

Prudencio sostuvo mi mirada.

Su ojo izquierdo temblaba de un tic leve.

"Palabras bonitas", dijo. "Pero la jefatura de guerra se gana en el círculo."

"Pues entonces ábranlo."

Zacarías me puso una mano en el hombro, sin apretar.

"Nere, estás agotada."

"Me da igual."

"Prudencio." Se volvió hacia el veterano. "Mañana al amanecer. Un solo combate, sin armas, sin garras. Si ella gana, es la jefa. Si pierde, vuelve a su lado de la frontera con todo mi respeto."

Prudencio sonrió por primera vez, un gesto tosco, de dientes torcidos.

"Hecho."

Dio media vuelta y se alejó entre los lobos.

La gente se fue dispersando, murmurando, mirándome de reojo.

Zacarías me llevó a una cabaña pequeña al borde del río, con una cama de pino, una estufa de hierro, y una ventana que daba a las montañas.

Dejó mi bolso sobre una silla.

"Descansa."

"Zac."

Se volvió desde la puerta.

"Gracias por no preguntar."

"Cuando quieras contarme, yo estoy."

Cerró la puerta.

Me quedé sola, de pie en la penumbra, con el dolor sordo de la marca y el eco de todas aquellas voces.

Me senté en la cama.

Me dolía todo el cuerpo.

Y sin embargo, por primera vez en cuatro años, no estaba escondida.

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