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Siete años de amor ciego, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La cena

Maite entrega la demanda de divorcio delante de los accionistas y Rubí le pregunta si aprendió la lección.

Tres semanas después de salir del hospital, me puse un vestido verde oscuro y fui a la cena de accionistas de Alanís Aceros.

Me costó vestirme.

Me temblaban los dedos al subir el cierre, y el yeso del meñique no me dejaba abrochar el collar.

Mi mamá lo hizo por mí, sin decir nada.

Frente al espejo me vi por primera vez.

El pelo corto, a la altura de las orejas, parejo después de que una peluquera lo emparejó.

Dos aros de cicatriz en las muñecas.

Los pómulos más marcados.

Parecía otra mujer, y esa mujer me gustó.

"Si quieres que vaya contigo", dijo mi mamá.

"No. Esto lo hago sola."

El Club Industrial de San Pedro tenía un salón con techos de doble altura, lámparas de cristal y cuarenta mesas redondas con manteles blancos.

Ahí estaban los accionistas, los directores, los proveedores de acero de media república.

Hombres de saco oscuro y mujeres con collares de perlas.

Yo había asistido a esa cena cuatro veces.

Siempre en la mesa principal, a la derecha de Federico.

Esta noche, al entrar, vi quién ocupaba mi silla.

Rubí.

Con un vestido rojo vino, el pelo recogido en un chongo alto y una copa de champaña en la mano.

Estaba riéndose de algo que le decía un director.

Federico, en la cabecera, hablaba con un anciano de bigote cano.

Se le cayó la copa al verme.

El cristal estalló contra el suelo y varios invitados voltearon.

"Maite."

Todo el salón me miró.

Murmullos.

Alguien dijo: "Es la que secuestraron."

Otro: "Qué valor, venir así."

Caminé entre las mesas con la espalda recta.

Cada paso me dolía en las costillas, pero mantuve el mentón arriba.

Llegué hasta la mesa principal.

"Buenas noches, Federico."

"Amor, ¿qué haces aquí? Todavía estás convaleciente."

"Vengo a traerte algo."

Saqué del bolso un sobre grande.

Se lo puse en la mano.

"¿Qué es esto?"

"La demanda de divorcio. Con causal de abandono y violencia."

Se hizo un silencio de iglesia.

El anciano de bigote carraspeó.

"Federico, ¿qué significa esto?"

"Nada, es un malentendido de mi esposa. Está en shock."

"No estoy en shock."

Le hablé a él pero me dirigí a todos.

"Hace tres semanas me secuestraron."

"Pidieron doce millones de pesos."

"Mi esposo los tenía en su cuenta personal."

"Los secuestradores llamaron."

"Él contestó."

"Dijo que no iba a pagar."

Un jadeo recorrió el salón.

"Mi mamá vendió su casa para sacarme. Mi esposo no puso un peso."

"Eso es mentira", dijo Federico, con la voz demasiado alta. "Maite, por favor. Esto no es lugar..."

"Es el lugar donde te sientes más cómodo, Federico. Delante de gente que te aplaude."

Varios accionistas se miraron.

Una directora, de las que conocía hacía años, bajó la copa y retrocedió un paso.

"¿Tiene pruebas, señora?", preguntó el anciano.

"Tengo mi oído. Tengo mis muñecas. Y una pregunta."

Miré a Federico.

"¿Dónde estabas la noche del día seis, a las once?"

Federico abrió la boca.

Rubí dejó la copa con un golpe seco.

"Estaba conmigo", dijo, con la voz firme. "Cenando en su estudio. Revisando el contrato de Saltillo."

"Qué ocupados."

"Señora Ballesteros, comprendo su dolor, pero acusar a su esposo de..."

"No dije que lo acusara."

Rubí se calló.

"Solo pregunté dónde estaba. Y usted contestó muy rápido."

Una risita nerviosa corrió por el salón.

Federico se pasó la mano por la cara.

"Maite, hablemos afuera, por favor."

"Firma."

"No voy a firmar nada."

"Entonces lo firmará un juez."

Dejé el sobre sobre el mantel, junto a su plato, entre las copas.

Me giré para irme.

"Maite", dijo Federico a mis espaldas, con una voz quebrada. "No me hagas esto. Te quiero. Te adoro. Siete años."

"Y yo te quise siete años."

Me volví un instante.

"Pero lo dices como si fuera un favor que me debes."

Seguí caminando.

El murmullo creció detrás de mí, con ruido de sillas y de platos.

Alguien aplaudió.

Una sola persona, al fondo.

Pronto fueron varias.

Salí del salón entre aplausos tímidos y caras que ya no sabían a quién mirar.

En el pasillo, junto a las puertas dobles, sentí una mano en el codo.

Me volví.

Era Rubí.

Había salido detrás de mí, con las manos entrelazadas y los ojos brillantes.

Se inclinó hacia mi oído, con un perfume dulce y espeso.

"Qué teatro tan bonito", susurró. "Pero él sigue siendo mío. Y tú sigues siendo la que no valía doce millones."

El corazón me dio un vuelco.

Ella sonrió.

"Dime una cosa, Maite", añadió. "¿Aprendiste la lección?"

Y volvió al salón, taconeando.

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