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Siete Años Perdidos, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: El sobre

Doña Ercilia intenta comprarla, la cuenta conjunta aparece vacía y Anaís la reta a viajar.

Mi apartamento de Chapinero estaba a oscuras cuando llegué.

Prendí la luz del pasillo y vi el bolso de cuero de Doña Ercilia sobre la mesa del comedor.

Después la vi a ella, sentada en mi sofá, con las piernas cruzadas y un sobre manila sobre las rodillas.

"Tiene llave", dije.

"Tiene mi hijo, y mi hijo me la prestó hace años."

Doña Ercilia Ortigoza tenía sesenta y un años, el pelo recogido en un moño gris perfecto y las uñas pintadas de color perla.

Nunca me había llamado por mi nombre.

Siempre decía "la muchacha".

"Siéntese, muchacha."

"Prefiero estar de pie."

"Como quiera." Ella dio unos golpecitos al sobre. "Aquí hay veinte millones de pesos. Es para sus molestias."

"¿Qué molestias?"

"La cancelación, el vestido, la vergüenza. Mi hijo me pidió que lo arreglara con dignidad."

"Su hijo le pidió también que viniera hoy a mi casa."

Ella no se inmutó.

"Mi hijo es un hombre ocupado. Ha hecho un sacrificio enorme por la familia. Esa boda en Slandsdeca es un negocio, nada más."

"Con una mujer rubia."

"Anaís Zubiría es hija de Gustavo Zubiría, dueño de la naviera. Es lo mejor que le ha pasado a este apellido."

"¿Y yo qué soy, Doña Ercilia?"

La pregunta le arrancó una sonrisa fina.

"Usted es la muchacha que lo acompañó mientras se hacía hombre. Eso merece gratitud. Y veinte millones."

Fui hasta la puerta, la abrí de par en par y dije en voz alta, para que el pasillo entero oyera:

"Doña Ercilia, salga de mi casa."

Se paró despacio.

"Me alegro de que haya entendido el tono."

"Pero antes, recuerde que usted firmó algo con mi hijo en Zipaquirá."

"Si lo abre en público, el escándalo la arruina más a usted que a él."

Entonces entendí.

Ella también sabía.

Siete años de cenas de domingo, de preguntas sobre cuándo me iba a casar, de comentarios sobre mi "edad".

Y ella había guardado en la cartera el papel que me volvía su nuera.

"¿Usted lo sabía?"

"Yo lo aconsejé." Su voz no cambió. "Una mujer no deja a un hombre con quien ha firmado. Es práctico."

Mi vecina del frente salió al pasillo con la bata puesta.

Del otro lado salió el señor del 402.

Los dos miraban.

"¿Todo bien, Ileana?"

"Todo bien", dije. "La señora ya se va."

Doña Ercilia pasó junto a mí con su bolso y su dignidad.

En el umbral se detuvo.

"Se va a arrepentir. Mi hijo nunca la dejó porque nunca fue necesario."

"Eso, señora, lo acaba de decidir usted."

Cerré la puerta.

Me apoyé en ella y tardé un minuto en poder respirar.

El sobre de veinte millones quedó sobre el sofá, sin abrir.

Lo tiré a la basura de la cocina.

Después subí a mi cuarto y saqué una maleta mediana.

Camisas, jeans, un vestido verde sencillo que me sentaba bien, los zapatos bajos que no se rompían.

Metí también el certificado de nacimiento, el pasaporte y la carpeta azul con los papeles del taller.

Mientras buscaba el cargador, el teléfono vibró con una notificación del banco.

Tenía una alerta de seguridad.

Abrí la aplicación.

La cuenta de ahorros conjunta aparecía en cero.

La abrimos para la boda.

Yo había metido catorce meses de ventas del taller, mi herencia de la abuela y el fondo de mi padre.

Cero pesos.

Revisé la fecha.

La transferencia se había hecho hacía cinco semanas, el día que Xavier viajó a Slandsdeca.

Trescientos ochenta millones de pesos.

Destino: Naviera Zubiría S.A.

Concepto: "aporte de capital".

Me senté en el borde de la cama.

Yo había firmado esa cuenta conjunta hace un año porque él me dijo que era más fácil para pagar los proveedores de la boda.

Él tenía poder total.

Yo tenía una contraseña que ya no servía.

No grité.

No lloré.

Hice lo que hace una persona cuando un edificio entero se le cae encima.

Me quedé quieta, escuchando el polvo.

Mi mejor amiga llamó a las nueve.

"¿Ya?"

"Ya."

"¿Estás sola?"

"Tengo una maleta lista."

"Ileana, voy para allá."

"No. Mejor ve a mi taller mañana y no dejes que nadie entre."

Hubo un silencio.

"¿Vas a ir allá?"

"Voy a ir."

Antes de colgar, me llegó un mensaje de un número que no conocía.

Era una foto.

Una mujer rubia en un salón de vestidos, de espaldas, probándose un velo largo frente a un espejo.

Estaba sonriendo al espejo, y en el espejo, sonreía hacia mí.

Debajo del teléfono, un texto corto.

"Hola, Ileana. Soy Anaís. Ven si te atreves."

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