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Una Noche Con La Universitaria Del Vagón, novela · Capítulo 5 de 12

Capítulo 5: Nieve

La calefacción funcionó toda la tarde, y por la noche el camarote estaba tan caliente que dormíamos sin manta.

Habíamos cenado sopa de quinua en el coche comedor, con el tren inmóvil, la nieve cayendo fuera y una vela en cada mesa por si se iba la luz.

Después caminamos por el pasillo, de la mano, sin hablar.

Cuando entramos al camarote, Iván cerró con pestillo y me miró.

"Esta noche no tienes sueño", dijo.

"No."

"Ni episodios."

"Ninguno."

"Entonces, ¿qué hacemos?"

Me quité el suéter por la cabeza.

Lo dejé caer sobre la litera, con un movimiento lento.

Iván tragó saliva.

"Esta noche te toca mirar", dije.

"Mirar."

"Siéntate."

Se sentó en la litera de enfrente, con las manos sobre las rodillas.

Yo me quedé de pie en medio del camarote, con las luces bajas, y me desabroché el pantalón.

Lo bajé por las piernas con una lentitud calculada.

El cascabel tintineó cuando me saqué el zapato.

Luego la ropa interior, de algodón blanco, que me deslicé por los muslos con las puntas de los dedos.

Quedé desnuda frente a él, en la penumbra, con el pelo suelto sobre los hombros.

Iván respiraba despacio por la boca.

"Gírate", pidió.

Me giré.

Sentí su mirada recorrerme la espalda, las nalgas, los muslos.

"Eres lo más hermoso que he visto en mi vida", dijo.

"No te creo."

"Ven aquí y te lo demuestro."

"Todavía no."

Me di la vuelta, me acerqué y me arrodillé frente a él, en el suelo, entre sus rodillas.

Le desabroché el pantalón, y él levantó las caderas para ayudarme.

Su erección saltó libre, larga y firme, apuntando hacia mí.

"Wara."

"Shh."

La tomé con las dos manos y la besé en la punta.

Él cerró los ojos.

Pasé la lengua por la cabeza, probando la gota salada, y después la recorrí despacio hasta la base, con la boca abierta.

Un gemido grave le salió de la garganta.

Lo metí en la boca, hasta donde me cabía, y chupé con lentitud, con los labios apretados, subiendo y bajando.

Él me enredó los dedos en la trenza, sin tirar.

"Dios", susurró. "Así... así..."

Seguí con ritmo parejo, usando la lengua en la parte de abajo, la mano en la base, y de vez en cuando levantaba la mirada para ver su cara.

Tenía los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, y un rubor que le subía por el cuello.

Me encantaba verlo así.

Me encantaba saber que era yo quien le arrancaba esos sonidos.

"Para", jadeó. "Si sigues, termino ahora."

"Termina."

"No quiero. Quiero estar adentro."

Lo solté con un chasquido húmedo.

Me levanté, le tomé la mano y lo hice ponerse de pie.

Lo desnudé del todo.

Su cuerpo era delgado y firme, con las costillas marcadas y un vello oscuro bajo el ombligo.

Lo empujé sobre la litera de abajo, de espaldas.

"Quédate."

"Aquí estoy."

Me subí a la litera y me tendí sobre él, en sentido contrario, con las rodillas a los lados de su cabeza.

"Wara..."

"Cállate y hazlo."

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