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Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 15 de 24

Capítulo 15: Doña Gilda

Salí al muelle con el abrigo de Danilo sobre el camisón, descalza, con el corazón golpeándome las costillas.

Doña Gilda Echenique estaba de pie junto al coche, con las manos enguantadas cruzadas sobre el bolso.

Llevaba el pelo canoso recogido en un moño severo y el rostro empolvado, impecable, de quien no ha dormido y no lo va a admitir.

El chofer abrió la puerta trasera y se retiró.

"Javiera", dijo, con un tono que casi sonó amable.

"Doña Gilda."

"Qué sorpresa encontrarte aquí."

"No es ninguna sorpresa."

"Me dijeron que habías venido a visitar la casa de un amigo."

"¿Quién le dijo?"

"Oriana."

Claro.

Desde el umbral de la cabaña, Danilo salió con una manta sobre los hombros y se quedó junto a la puerta, sin acercarse.

El viejo pescador, detrás de él, observaba con los ojos entornados.

"Vamos a hablar a solas", propuso doña Gilda.

"No tengo nada que esconder."

"Yo sí."

Eso me desarmó un segundo.

Caminamos hasta el final del muelle.

Las tablas crujían bajo sus zapatos de tacón.

El lago, plateado, humeaba a nuestros pies.

"Hace veinte años", dijo doña Gilda, mirando el agua, "vine a este lago a agradecer."

"Lo sé."

"¿Quién te lo dijo?"

"El señor del bote."

Cerró los ojos.

"Ese viejo no sabe callar."

"Usted le pagó para que callara."

"Le pagué para que no confundiera a mi hijo."

"¿Confundirlo?"

"Claudio tenía once años. Había estado a punto de morir. La única persona que lo había rescatado, o eso creíamos, era la hija de mi cocinera, una niña huérfana de padre, que enfermaría de pena si le quitábamos el mérito."

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