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Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 23 de 24

Capítulo 23: Dos rayas

Compré la prueba en la farmacia de Valdivia, a las nueve de la mañana, escondida detrás de un pañuelo y unos lentes de sol.

La farmacéutica me miró con ojos de simpatía y no dijo nada.

Volví a Niebla en el colectivo, con la bolsa apretada contra el estómago.

Entré al baño de mi abuela, cerré con pestillo, y me senté en el borde de la tina.

Me temblaban las manos.

Pocas semanas antes había hecho esto mismo, en el baño de un consultorio, con ilusión y con miedo.

Después una escalera me había quitado todo.

Seguí las instrucciones.

Dejé el test sobre el borde del lavamanos.

Cerré los ojos.

Conté hasta sesenta.

No miré.

Conté hasta ciento veinte.

Abrí un ojo.

Dos rayas.

Rosadas, nítidas, firmes.

Me llevé las manos a la boca.

Me quedé inmóvil, mirando la prueba, con el corazón retumbándome en los oídos.

Después me puse de pie, caminé hasta la ventana y apoyé la frente en el vidrio frío.

Por el vidrio entraba la luz gris de la mañana.

Afuera, la niebla se enroscaba en los eucaliptos, silenciosa.

No lloré.

Me quedé de pie, respirando, hasta que oí unos golpes en la puerta del frente.

Era Danilo.

Traía el impermeable amarillo y un cesto de manzanas.

"Pensé que te gustaría...", empezó.

Se detuvo.

Me miró la cara.

"¿Qué pasó?"

No contesté.

Le tendí la prueba.

La tomó con dos dedos, la miró, la miró otra vez, y alzó los ojos hacia mí.

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