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Y al final, la bruma se disipó, novela · Capítulo 5 de 24

Capítulo 5: Los pendientes

"Javiera", dijo Oriana, con una vocecita temblorosa. "Por favor, necesito hablar contigo."

Tania se levantó del sofá como un resorte.

"Ni lo sueñes."

"Tania, déjala", dije.

"¿Estás loca?"

"Dos minutos."

Oriana dio un paso hacia mí, con los ojos húmedos y las manos apretadas contra el pecho, como una alumna castigada.

Tenía el pelo negro recién cortado, la piel muy blanca, y la tristeza perfecta de quien la ha ensayado frente al espejo.

"Fui a la clínica ayer, a verte", susurró. "No me dejaron pasar."

"Sé que fuiste."

"Quería pedirte perdón. Por lo del aniversario. Por todo."

"¿Por todo?"

"Por ser tan torpe. Por quererlos a los dos. Por no saber poner límites."

"Qué difícil debe ser."

"Javiera, yo nunca quise..."

"Oriana."

Levanté la mano.

Me quité los pendientes de perla que llevaba puestos desde la mañana.

Ella misma me los había regalado el día de mi boda, diciendo que eran de su madre.

Se los puse en la palma abierta.

Ella miró las perlas, sin entender.

"Los de tu mamá", dije. "Es lo único que me diste en tres años que valía algo."

"Quédatelos."

"No los quiero."

"Pero..."

"Te los devuelvo porque ya no los necesito para fingir que somos amigas."

Sus ojos cambiaron.

Fue una milésima, casi imperceptible: el brillo de las lágrimas se evaporó y quedó el azul liso, helado, de una piscina vacía.

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