Amor profundo que llega tarde, novela · Capítulo 3 de 24
Capítulo 3: Segundo día
Isabel devuelve el anillo; la luna se lleva la propuesta; Tobías nota que ya no llora.
Me dieron el alta al día siguiente, con una bolsa de analgésicos y la orden de descansar dos semanas.
Tobías insistió en llevarme a casa.
Vivíamos en un departamento de Ñuñoa, con balcón a un parque.
Una pared entera estaba cubierta de planos de ropa de montaña que yo misma había dibujado.
Entré con el bolso al hombro.
Me detuve en el umbral.
Sobre el sillón del living había una manta rosada, una taza de té a medio tomar y un par de zapatillas que no eran mías.
"Ignacia se va a quedar unos días", dijo Tobías, detrás de mí. "No puede estar sola con el brazo así. Su madre está de viaje."
"Claro."
"No te molesta, ¿verdad?"
"No."
Me miró.
Esperó.
"Isa."
"Dime."
"Te estoy diciendo que tu prima va a dormir en la pieza de visitas."
"Lo oí."
"¿Y nada más?"
"Que le sirva el té caliente."
Sus ojos se estrecharon un segundo.
Después sonrió, aliviado.
"Sabía que ibas a ser razonable."
Ignacia salió del cuarto de visitas con un camisón de encaje y el brazo envuelto en una venda azul.
"Isa", dijo, corriendo hacia mí. "Qué bueno que estás en casa."
Me abrazó con un solo brazo.
Su pelo olía a mi shampoo.
Lo noté, y no sentí nada.
Fui a nuestro cuarto.
Saqué una maleta del clóset y empecé a vaciar el cajón de mi lado de la cama.
Sentí que alguien me observaba desde la puerta.
"¿Qué haces?", preguntó Tobías.
"Ordeno."
"Eso no parece ordenar."
"Estoy sacando lo que voy a necesitar para quedarme con mi madre unos días."
"No te estás yendo."
"Me dijiste que reflexionara."
Tobías se quedó con la boca entreabierta.
Era la primera vez que veía el efecto de su orden en mi cuerpo, y no le gustó.
"Es una forma de hablar", murmuró.
"Entonces dime cómo quieres que lo entienda."
"Quiero que... que te des cuenta de lo que pasó."
"Ya me di cuenta."
Cerré la maleta.
Fui hasta la mesa de la cocina y dejé encima una cajita de terciopelo azul.
Dentro estaba el anillo.
Un diamante pequeño, en una banda de plata, que Tobías había comprado con el primer ingreso de nuestra marca.
Lo coloqué junto al azucarero.
"¿Qué es eso?", dijo él.
"Tu anillo."
"Es tuyo."
"Postergaste la boda. No me parece justo que lo use una novia que no tiene fecha."
Se acercó.
Tomó la caja, la miró, la dejó en la mesa.
Su voz bajó.
"Isa, sé que estás enojada."
"No estoy enojada."
"Cuando se te pase, te lo vuelves a poner."
"Si quieres."
"No me hables así."
"¿Así cómo?"
"Con esa voz."
"¿Qué voz?"
Se pasó una mano por la barba.
"Tranquila. Sin nada. Parece que estuvieras hablando con un cliente."
No contesté.
Esa noche dormí en casa de mi madre, en Rancagua, en mi vieja cama de una plaza.
Mi madre me trajo una taza de leche con miel y se sentó en el borde.
"Hija, ¿vas a decirme qué te pasa?"
"Nada, mamá."
"A mí no me engañas. Un hombre que deja a su novia enterrada una semana por la prima no es normal."
"Él no sabía."
"Lo sabía. Los hombres siempre saben lo que no quieren saber."
Sonreí.
"Quizás."
Mi madre me acarició el pelo, y yo cerré los ojos.
A las diez de la noche, la luna subió.
Un gajo más gordo que el de ayer, de color hueso.
Intenté pensar en la propuesta de Tobías.
Había sido en el lago de Villarrica, frente a una cabaña de madera, con una vela dentro de un vaso.
Me había puesto de rodillas en la nieve.
Había dicho una frase.
Una frase que me había hecho llorar.
Busqué la frase.
No estaba.
Busqué la cabaña, y sí, la cabaña estaba.
Busqué el vaso.
Estaba.
Busqué el nombre del hombre que se arrodillaba, y la imagen me dio un vacío.
No sentí tristeza.
Sentí una pequeña puerta cerrándose en alguna parte del pecho.
Desde la ventana, la luna me vigilaba.
"Dos", susurró.
A las once, mi teléfono vibró.
Un mensaje de Tobías.
"Isa. Hoy me pareciste distinta. No sé qué es. ¿Por qué no lloras?"
Lo leí una vez.
Lo dejé sobre la mesa de noche, boca abajo.
No lloraba.
Ya no tenía de dónde.