Aprendiendo a que Me Manejen, novela · Capítulo 8 de 12
Capítulo 8: La confesión
Rafael quiso ir conmigo.
"No."
"Lucero, soy su padre."
"Y yo la persona a quien tiene que oírlo primero."
"No te voy a dejar sola con eso."
"Me voy a quedar sola de todas formas." Le agarré las manos. "Déjeme hacer esto. Por favor."
Me miró a los ojos durante mucho tiempo.
Asintió.
"Te espero en mi casa."
"Gracias."
Tomé un bus a Quito.
Fueron tres horas con la frente contra el vidrio, viendo pasar los cerros sin mirarlos.
A las cuatro de la tarde estaba parada frente al departamento de Silvana, en La Carolina.
Tenía el estómago hecho una bola y las palmas sudadas.
Toqué el timbre.
Abrió ella.
Estaba vestida con un conjunto de lino beige, el pelo recogido, la boca pintada de rojo.
Me miró de arriba abajo con una sonrisa fría.
"Lucero."
"Señora Silvana."
"Adelante. Te estaba esperando."
Pasé.
El departamento era moderno, blanco, con una vista enorme del parque.
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