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Así que hui con mis gemelos, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: Chacahua

En la casita de la abuela del médico, Estela empieza una vida con nombre nuevo, hasta que un hombre enseña su foto en la tienda.

Llegamos a Chacahua al día siguiente, con el sol alto y la espalda hecha polvo.

La carretera terminaba en un muelle de madera, y de ahí había que cruzar la laguna en lancha.

Everardo habló con un pescador, que nos subió a una barca de motor.

Atravesamos el agua verde entre manglares.

Había garzas blancas en las ramas, y un olor a sal y a pescado frito que me llenó los pulmones.

Hacía cinco años que no respiraba sin sentir la mirada de alguien en la nuca.

"¿Cuánto falta?", pregunté.

"Veinte minutos."

"¿Quién vive allá?"

"Nadie. Era de mi abuela. Murió hace tres años y desde entonces solo viene mi tía a ventilarla."

Sonrió, con la barba corta enmarcando los dientes.

"Pero tiene hamaca, fogón y un pozo que todavía da agua."

"Suena a lujo."

"Es lo mejor que tengo."

La casita estaba junto a una duna, con techo de palma y paredes de adobe encaladas.

Frente a la puerta crecía un limonero torcido por el viento.

Adentro había una mesa, dos sillas, una cama de tablas con colchón de paja y una repisa con santos de barro.

Dejé la bolsa sobre la mesa y me quedé de pie, sin saber qué decir.

"Aquí nadie la conoce", dijo Everardo. "Va a necesitar un nombre."

"¿Cuál?"

"El que usted escoja."

Lo pensé un momento.

"Estela Cruz", dije. "Así se llamaba mi abuela."

"Doña Estela Cruz. Muy bien."

"Solo Estela."

"Solo Estela."

Esa semana no me habló de mí ni una vez.

Me enseñó a encender el fogón de leña, a sacar agua del pozo con un cubo, y a distinguir las tortugas de las piedras en la playa.

Cada mañana salía temprano a la lancha del centro de salud del pueblo vecino, donde el doctor jubilado le había pedido ayuda.

Había dejado su puesto de la clínica con un mensaje de tres líneas, y no pensaba volver.

Nunca me dijo por qué.

Cuando le pregunté, contestó que hacía diez años curaba balazos de gente que no merecía morir sin gloria, y que se había cansado.

Los primeros días dormí diez horas seguidas.

El cuerpo me pedía descanso, y el miedo me soltaba por fin, de a poco, como una cuerda que se afloja.

La vecina, una mujer menuda de pelo gris recogido en trenza, apareció al cuarto día con un plato de mole y tortillas calientes.

"Para la embarazada", dijo, sin que yo le hubiera dicho nada.

"¿Cómo lo sabe?"

"Se te nota en la manera de caminar, hija. Con las manos en la cintura, igual que yo cuando esperaba."

Me dio el plato y se quedó mirándome.

"Gemelos, ¿verdad?"

Casi se me cae el mole.

"Mi abuela podía verlo sin tocar. Yo también."

"¿Y cómo se llama tu marido?"

"No tengo marido", dije.

"Ah, qué bien. Los hombres son un trabajo."

Soltó una risa ronca, me pellizcó la mejilla y se fue por la arena con su chancla de hule.

Esa noche, mientras Everardo me enseñaba a limpiar pescado en el patio, sentí un golpecito dentro del vientre.

Fue mínimo, como una burbuja que subía y estallaba.

Me quedé inmóvil con el cuchillo en la mano.

"¿Qué pasa?"

"Se movieron."

"¿Los dos?"

"No sé. Uno."

Dejó el pescado y se secó las manos en el pantalón.

"¿Puedo?", preguntó.

Asentí, con un nudo en la garganta.

Puso la palma abierta sobre mi vientre, con mucha delicadeza, a través de la tela del vestido.

Esperamos.

El mar murmuraba a lo lejos.

De pronto algo empujó contra su mano, nítido, y Everardo soltó el aire.

"Ahí está", susurró. "Mira nada más. Saluda."

Me reí y lloré al mismo tiempo, con las lágrimas bajándome por las mejillas.

Hacía cinco años que nadie me tocaba así, y ni siquiera me había dado cuenta de que lo extrañaba.

Misael jamás había querido esperar a que algo se moviera.

Retiró la mano despacio, mirándome a los ojos.

Algo cambió entre los dos, tan leve que ninguno lo nombró.

Dos días después fui a la tienda del embarcadero a comprar velas, azúcar y un poco de masa.

El pueblo era un puñado de casas de lámina y palma, con gallinas y perros dormidos al sol.

Estaba pagando cuando noté que la dependienta miraba algo detrás de mí.

Me giré.

Junto a la puerta, un hombre con sombrero de paja y camisa de cuadros enseñaba la pantalla de un teléfono a una señora.

"¿La ha visto?", preguntaba. "Una mujer joven, morena, de unos veintiocho. Embarazada."

Pude ver la foto desde donde estaba.

Era mi retrato de bodas.

El hombre alzó la cabeza, y por un instante sus ojos se cruzaron con los míos.

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