Curso de Perreo Intensivo, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: A gatas
Sobre el mismo tapete, sin público, Ramsés le enseña a moverse con él dentro; Nayely descubre que alguien grabó la clase.
El martes por la noche, el estudio estaba cerrado y a oscuras, salvo por una luz amarilla sobre el tapete.
Yo llegué con el pelo suelto y una licra negra que me había comprado esa misma tarde, sin ropa interior debajo.
Ramsés me esperaba descalzo, con una playera blanca y los pants grises de siempre.
No dijo hola.
"Cierra con llave", dijo.
Cerré, y cuando me di la vuelta ya lo tenía enfrente.
Me besó con la boca abierta, sin pedir permiso, y yo le respondí con la misma hambre.
Me recargó contra la pared, con su pierna entre las mías, y sentí su verga dura apretada contra mi vientre.
"Todo el día pensando en esto", murmuró contra mi cuello.
"Yo en la oficina. En la junta. Con Rigo sentado enfrente."
"¿Y qué pensabas?"
"Que quería que me cogieras sobre el tapete."
Él sonrió con la boca pegada a mi piel.
"Entonces vamos a hacerlo bien."
Me llevó de la mano hasta el centro del salón.
El tapete morado estaba tendido bajo la luz, con el espejo de fondo.
Me quité la licra yo sola, despacio, de frente a él.
Quedé desnuda, con los pezones duros y el pelo cayéndome sobre los hombros.
Ramsés me recorrió con la mirada de arriba abajo y soltó el aire.
"Eres preciosa."
"Cállate y quítate eso."
Se quitó la playera y los pants.
No traía nada debajo.
Su verga se levantó larga y gruesa, con la cabeza ya brillante, y yo sentí que la boca se me llenaba de saliva.
Me arrodillé sin que me lo pidiera.
La tomé con las dos manos y le lamí la punta, despacio, probando la sal.
Él echó la cabeza atrás y soltó un gruñido.
"Así, Yaz. Con calma."
Me la metí en la boca hasta donde pude, y la saqué brillante.
Lo hice una vez más, y otra, hasta que me temblaron las rodillas.
Me puso una mano en la nuca, sin presionar.
"Párate. Si sigues, me vengo, y no quiero venirme todavía."
Me levanté, con los labios hinchados.
"A gatas", dijo. "Como en clase."
Me puse sobre el tapete, con las manos abajo y la cola en alto, frente al espejo.
Me vi toda desnuda, con la espalda arqueada y los pechos colgando, esperándolo.
Ramsés se arrodilló detrás de mí, con la rodilla mala estirada.
Me tomó de la cadera.
"Ahora sí te voy a enseñar lo que es el perreo."
La punta de su verga me recorrió los labios, de arriba abajo, mojándose de mí.
Yo empujé hacia atrás, desesperada.
"Mételo, por favor."
"Pídelo bien."
"Cógeme, Ramsés."
Entró de un solo empujón, lento, hondo, y me llenó entera.
Solté un gemido largo que me salió del estómago.
"Ay, Dios... qué rico."
"Qué apretada", dijo él, con la voz rota. "No te muevas todavía."
Me quedé quieta, sintiéndolo latir adentro, ancho, caliente, hasta el fondo.
Después sacó la mitad y volvió a entrar.
El tapete se arrugó bajo mis manos.
"Ahora muévete tú", ordenó. "Baila encima de mí."
Empecé a mover la cadera en círculos, hacia atrás, hacia delante, con su verga clavada.
Cada vuelta me raspaba por dentro de la manera exacta, en un punto que nunca nadie había tocado.
"Así", dijo. "Más abajo. Deja que te lleve."
Aprendí el ritmo en segundos.
Me empujaba él, me empujaba yo, y los dos chocábamos con un golpe húmedo que sonaba en todo el salón.
"Mírate en el espejo."
Miré.
Mis tetas se balanceaban con cada embestida y el pelo me tapaba medio rostro.
Ramsés tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en mi culo, que iba y venía sobre su verga.
"Mira cómo te la comes", dijo. "Mira lo rico que te lo comes toda."
Me ardió la cara de gusto.
"Dime más."
"Tienes el mejor culo que he visto en este salón, y he visto muchos."
Me reí, y la risa me salió convertida en gemido.
Me agarró del pelo con una mano, tiró de él hacia atrás y me arqueó la espalda.
"Más fuerte", pedí. "Dame más fuerte."
Aceleró.
Cada embestida me hacía rebotar hacia delante, y yo volvía hacia atrás para recibirlo, buscándolo.
El sudor nos corría por la piel, y la música ausente la ponían nuestros cuerpos.
"Ya casi", gemí. "Ya casi, Ramsés."
"Todavía no."
Se salió de golpe.
Yo gruñí de rabia y de ganas.
"¿Por qué?"
"Date la vuelta."
Me volteé de espaldas sobre el tapete, con las piernas abiertas, y él se acomodó entre ellas.
Me las subió a sus hombros, y me penetró otra vez, más hondo.
Este nuevo ángulo me hizo ver estrellas.
"Ay... ahí... justo ahí."
"Aquí te quería."
Se movía con embestidas largas y firmes, y yo le arañaba los hombros.
Me besó la boca, el cuello, las tetas, mientras empujaba sin descanso.
"Dime que eres mía."
"Soy tuya", dije sin pensar. "Soy tuya, Ramsés, soy tuya."
"Y no eres ningún tronco."
La frase me atravesó.
"¿Cómo sabes eso?"
"Se lo dijiste a Nayely", jadeó contra mi oído. "Ella me lo contó."
Quise enojarme y no pude.
Me vine de golpe.
El orgasmo me recorrió la columna como una descarga y me cerró los muslos alrededor de su cintura.
Me sacó un grito que ya no le importaba a nadie.
Ramsés gimió mi nombre, aceleró dos, tres veces más, y se enterró hasta el fondo.
Sentí cómo se vaciaba adentro, caliente, en pulsos largos, mientras me apretaba con todo el cuerpo.
Los dos nos quedamos quietos, respirando.
El corazón me latía en las sienes.
Él apoyó la frente en la mía.
"No quiero que te vayas todavía."
"No pensaba irme."
Me besó, esta vez despacio.
Nos quedamos tendidos sobre el tapete, sudados, entre el olor a sexo y a goma de yoga.
Mi celular vibró sobre la licra, tirado en el piso.
Era Nayely.
Pensé en ignorarlo, pero volvió a vibrar, tres veces seguidas.
Lo tomé con la mano que me quedaba libre.
Había un mensaje largo, sin saludo.
"Yaz, no te asustes. Alguien grabó la clase de ayer, la práctica en vivo completa."
"Me lo acaba de mandar una compañera del grupo. Dice que anda circulando."