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De su escudo a su pesadilla, novela · Capítulo 2 de 20

Capítulo 2: El vacío

En la cámara oscura que debía devorarla, Zenaida recuerda la brecha del pacto y la pronuncia; las Guardas se rompen y su padre la espera al otro lado.

La Cámara del Vacío estaba tres pisos bajo la casa, excavada en la roca del volcán.

Yo la conocía mejor que mi propio cuarto.

Un círculo de piedra negra, de cuatro metros de ancho.

Una pila de plata en el centro, para mi sangre.

Y las Guardas, doce líneas de luz blanca que subían desde el suelo hasta el techo, como los barrotes de una jaula al revés.

Las Guardas mantenían fuera a la Noche Hueca.

Yo las alimentaba.

Cada luna de sangre bajaba a ese círculo durante cien años.

Me abría la palma con un cuchillo de obsidiana y dejaba caer mi sangre en la pila hasta que la luz se ponía firme.

Después subía las escaleras con la mano vendada y la cabeza mareada.

Casimiro siempre me esperaba arriba con una copa de vino tinto y una sonrisa de ternura que yo, tonta, tomaba por amor.

Esta vez los guardias me empujaron dentro sin una palabra.

Uno de ellos evitó mirarme.

Era un chico joven, de unos ciento cincuenta años, que me había visto crecer en esa casa.

"Perdone, señora Zenaida", susurró.

"No es tu culpa."

"Mi señor lo ordenó."

"Lo sé."

La puerta de hierro se cerró con un golpe sordo.

Oí los cerrojos.

Uno.

Dos.

Tres.

Después, el silencio.

Me quedé en el centro del círculo, con el vestido negro apenas sobre los hombros.

Las Guardas brillaban a mi alrededor, pálidas, con un zumbido apenas audible.

Más allá del círculo, donde acababa la piedra negra, la oscuridad se movía.

No era oscuridad común.

Era una cosa viva, espesa, hecha de sombras que respiraban.

La Noche Hueca.

Se arrastraba por las paredes como una marea lenta, buscando una grieta.

Y yo, por primera vez en cien años, me di cuenta de que nadie iba a venir por mí al amanecer.

"Alimentarán las Guardas con sangre fresca durante la ceremonia", había dicho él.

Sangre fresca.

Mía.

Hasta que no quedara nada.

Me senté en el suelo, con las rodillas contra el pecho.

No lloré.

Hacía mucho que no lloraba por él, aunque no lo supiera.

Me sentía vacía de una forma rara, y ligera.

Me habían quitado de golpe un peso que cargué tanto tiempo que ya lo confundía con mi columna.

La oscuridad se acercó.

Se pegó a las líneas de luz, y las Guardas temblaron.

Se oyó un susurro.

Primero muy bajo.

Después más claro.

Una voz de mujer, suave, dulce, que tarareaba una canción de cuna.

La conocía.

No supe de dónde.

Un tarareo lento, tres notas arriba, dos abajo.

Me puse de pie.

Las Guardas estaban perdiendo fuerza, y me di cuenta de que no era por el tiempo.

Las Guardas se apagaban porque el lazo que las sostenía se estaba soltando.

Un lazo de cuatrocientos años, firmado por mi tatarabuela con la sangre de un Aldana.

El Pacto del Guardián.

Cerré los ojos.

Me acordé de mi padre, sentado frente a mí en la cocina de la finca de Atitlán, hacía tres años.

Pascual Orellana, con su guayabera blanca, tomando café negro.

"Hija", había dicho. "Hay una cosa que nadie te ha enseñado."

"¿Qué?"

"Todo pacto tiene una brecha."

Me había recitado las palabras de memoria.

Yo las había guardado como se guarda una moneda para un día de lluvia.

Casimiro había dicho, delante de dos testigos, en la puerta de la torre: "Anunciaré mi vínculo eterno con Eulalia Solórzano."

Y había dicho también que yo no era más que una bolsa de sangre.

Y no me había liberado.

Abrí los ojos.

La oscuridad estaba a un palmo de mi cara.

Tenía forma de manos.

"Escúchame, Noche", dije, con la voz firme. "Voy a hablar con el pacto, no contigo."

Levanté la palma abierta hacia el techo.

"Yo, Zenaida de la casa Orellana, guardiana de la casa Aldana por sangre y por juramento."

"Declaro ante testigos que el Señor entregó su sangre a otra casa sin liberar a su escudo."

Las doce líneas de luz se estremecieron.

"Reclamo la brecha."

El silencio duró un latido.

Después, un estallido.

La luz blanca de las Guardas se volvió de golpe dorada, casi quemante.

Una onda de calor me recorrió de la nuca a los pies.

Vi mis manos brillar.

Vi la oscuridad retroceder como un animal golpeado.

Y sentí, en el centro del pecho, un nudo que me ataba al clan Aldana desde hacía cien años.

Se soltó.

Cayó, como una cuerda cortada.

Las Guardas giraron sobre su eje, se alzaron del suelo y se enroscaron en mi cuerpo como serpientes de luz.

Ya no sostenían la casa.

Me sostenían a mí.

Por encima de mi cabeza oí que se quebraba el techo.

Un estruendo de roca.

Las paredes de la Cámara se agrietaron y el polvo cayó en cortinas.

La puerta de hierro, de cuatro dedos de espesor, salió despedida contra la pared de enfrente.

Alguien tosió afuera.

Alguien dijo mi nombre.

Entré en el pasillo, descalza, con el vestido sobre los hombros y las Guardas brillando sobre mi piel.

En el umbral, con un candil en la mano y una chaqueta de lana gris, estaba mi padre.

A su lado, mi hermano Rigoberto, con un machete al hombro y una sonrisa chueca.

"Hija", dijo Pascual, con calma. "Ya era hora."

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