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Desposar al Rey Vampiro Después de Renacer, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La verdad

Mireya le cuenta todo y Alaric le cree; la visita de su hermana los interrumpe.

Me quedé mirándolas.

Él se dio cuenta y escondió las manos detrás de la espalda con un gesto brusco, como un niño sorprendido.

"No las mire."

"Alaric."

"No es nada."

"Alaric."

Me incorporé en la cama, envuelta en la sábana, con el corazón golpeándome las costillas.

"¿Desde cuándo las tiene?"

Tardó en contestar.

Se miró el pecho, como si pensara si mentir.

"Desde hace dos noches", dijo.

"Desperté con las manos ardiendo, la víspera del Pacto, sin que nada las hubiera tocado."

"Mi médico dijo que son quemaduras de hace un año, o de ninguna parte."

"¿Y le duelen?"

"Cada vez que cierro los puños."

Se acercó despacio, como se acerca a un animal herido, y se sentó en el borde de la cama, a una distancia prudente.

"Los de mi sangre conservamos en el cuerpo lo que el tiempo borra."

"Es una maldición vieja, o un don. Nadie sabe. Pero nunca me había pasado."

Lo miré en la penumbra.

"¿Soñó con fuego?"

Levantó la vista de golpe.

"Cada noche. Un salón de piedra ardiendo. Una mujer gritando. Un llanto de niño."

Se me llenaron los ojos de lágrimas, sin querer.

"¿Qué más?"

"Una voz de mujer que me llamaba por mi nombre. Y yo no llegaba."

Me tapé la boca.

"Señorita Dorante."

"Mireya."

"Mireya. Me dijo que tenía siete noches para contarle la verdad. Ya que no hay mejor momento, hágalo."

Dudé.

Pensé en cómo sonaría: que había muerto, que volví, que mi hermana también.

Pensé en Lucan y en su celo, en la sala en llamas, en el cachorro blanco que lloraba en mis brazos.

Y me di cuenta de que, de todas las personas del salón, él era el único que me había preguntado por qué.

Se lo conté todo.

Le conté mi primer matrimonio, el parto, el cachorro de pelaje blanco al que yo llamaba mi nieve.

Le conté el incendio, a Eugenia en la puerta, el aceite, el techo cayendo.

Le conté que antes de morir oí una voz de hombre gritando mi nombre desde el patio, y no supe de quién era.

Alaric me escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, se había quedado completamente inmóvil.

"Era usted", dije. "Intentó entrar por la puerta. Esas marcas son de ese fuego."

Miró sus manos.

Las abrió y las cerró despacio.

"No lo recuerdo."

"Lo sé. Yo sí."

Pasó mucho tiempo.

Afuera, el viento golpeaba los postigos.

"Yo no creo en renacimientos", dijo al fin. "Tengo trescientos doce años y nunca vi uno."

"Entonces me manda de vuelta a mi casa."

"Tampoco creo en coincidencias."

Alzó los ojos.

Eran oscuros otra vez, y tenían algo que no estaba antes: una especie de asombro triste.

"Le creo, Mireya."

Respiré por primera vez en minutos.

"¿Así de fácil?"

"No es fácil. Es lo único que explica mis manos."

Se levantó y recogió la daga del suelo.

La olió.

"Plata de las minas de mi familia. Y un sello que conozco."

"¿De quién?"

"Eso lo averiguaré mañana. Mientras tanto, usted no sale de esta habitación sin mí."

"Puedo cuidarme sola."

"Lo sé. Pero yo no soportaría perder otra vez a quien ni siquiera he tenido."

Se quedó callado, sorprendido de sus propias palabras.

Yo sentí que se me aflojaba algo adentro.

"Quiero que acordemos algo", dije. "Mi hermana volvió igual que yo."

"No sé qué planea, pero sé cómo piensa. Va a venir por mí, y por el hijo que todavía no tengo."

"Entonces será nuestra guerra."

"¿Nuestra?"

"Es mi esposa, Mireya. Quien la toque, me toca."

Dijo la palabra "esposa" con cuidado, como si la probara.

Tendió una mano enguantada hacia mí, la retiró, se quitó el guante que le quedaba y me ofreció la palma desnuda, cicatrizada.

Yo la tomé.

Estaba caliente.

Me acordé de pronto de por qué elegí su mesa: porque no había tenido miedo.

Porque, en el fondo de mi alma, sabía que las cicatrices que había visto en mi sueño no eran las de un monstruo.

"Pacto", dije.

"Pacto."

Un golpe retumbó en la puerta.

El mayordomo asomó la cabeza, pálido como la cera.

"Mi señor. Perdone. Ha llegado una visita al portón."

"¿A estas horas?"

"Son dos. Una dama y un caballero. La dama dice que es hermana de la señora."

El corazón me dio un vuelco.

"Dile que no."

"Dice que no se irá hasta ver a su hermana", insistió el mayordomo.

"Y el caballero, mi señor, no ha dejado de olfatear los muros. Los lobos están en las puertas."

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