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El Arrepentimiento del Alfa: Recuperando a Mi Compañera Humana, novela · Capítulo 16 de 20

Capítulo 16: El parto

Ezequiel corrió con la bebé en mi vientre y conmigo en sus brazos, a campo traviesa, sin respirar.

Yo gritaba cada vez que una contracción me partía en dos.

"Perdón", decía él. "Perdón. Ya casi."

"Para de pedir perdón y corre."

Llegamos a la posada en seis minutos.

Fernanda abría la puerta antes de que tocáramos.

Rosario ya tenía agua hirviendo, sábanas limpias, una palangana y las manos lavadas hasta los codos.

Me acostaron en la cama grande de la colcha de retazos.

"Respira", ordenó Rosario. "Por la nariz. Larga."

"No puedo."

"Puedes."

"No puedo, me duele."

"Sí, duele. Respira."

Respiré.

El dolor llegó en una ola que me tomó entera.

Me aferré a las sábanas con las dos manos, apreté los dientes y grité.

Fue un grito que nunca había dado.

Un grito que me salió de las costillas y que hizo temblar los vidrios.

Ezequiel estaba parado junto a la cama, pálido, con las manos colgando.

"Haz algo", le dijo Rosario.

"¿Qué?"

"Sosténle la mano."

Me tendió la suya.

La tomé con tanta fuerza que le crujieron los huesos.

Él no se quejó.

"Valeria."

"Cállate."

"Estoy aquí."

"Cállate."

"Sí."

Otra contracción.

Otra más.

Perdí la cuenta del tiempo.

Pasaron horas, o minutos.

Afuera se hizo de noche, y en algún momento oí aullidos lejanos, un coro bajo, largo, que subía y bajaba desde el bosque.

"La manada", dijo Rosario. "Te están cantando."

"Que se callen."

"Es una costumbre."

"Que se callen."

"Es un honor."

"¡Que se callen!"

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