El Doctor De Las Calenturas, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Horario de consulta
El barrio lo llama doctor, el tío da órdenes por teléfono y Dalila vuelve a la hora de cerrar para llevárselo a su casa.
Contesté con la voz de un hombre que acaba de correr cuatro cuadras.
"Tío. Buenas tardes."
"Nicanor, hijo, ¿por qué respiras así?"
Dalila se tapó la boca con las dos manos para no reírse.
Seguía sentada en el escritorio, desnuda, con las piernas colgando y una gota blanca bajándole por el muslo.
"Subí las escaleras", mentí. "Es que el consultorio es de planta baja, tío."
"Eso tiene su mérito", dijo mi tío. "Escúchame, que tengo poco tiempo, que la enfermera ya viene con la cena."
Yo me aparté un paso de ella con el teléfono pegado a la oreja.
Dalila se bajó del escritorio y buscó su vestido sin dejar de mirarme.
"¿Cómo van los pacientes?", preguntó mi tío.
"Bien. Muchos. Les doy turno y les digo que usted vuelve en tres semanas."
"Y la bata, ¿te la pones?"
"Sí, tío." Miré los botones en el suelo. "Un poco menos puesta que antes."
"Perfecto. Mira, una cosa más. Si llega una paciente mía, Dalila Orozco, trátala bien."
Me quedé con la boca abierta.
Ella se paró con el vestido a medio poner, quieta, escuchando.
"Está en mi libreta como calentura crónica", siguió mi tío. "La pobre lleva años sin tratamiento. Dale un turno y no la hagas esperar."
Dalila se dio la vuelta para esconder la cara y le temblaban los hombros.
"Sí, tío", dije. "Yo me encargo."
"Y el viernes vence el arriendo. Pasa el señor Cabrales a cobrar, como siempre. Trátalo con respeto, que es el dueño del edificio."
Dalila dejó de reírse.
Giró despacio y me miró con una expresión que no le había visto nunca.
"Sí, tío."
"Eso es todo. Cuídame la cuadra. Ya sabes cómo me llaman por allá."
"El doctor de las calenturas."
"Ese mismo. Una reputación no se improvisa, hijo."
Colgó.
Quedamos los dos en silencio en el consultorio, con el sol cayendo de lado por la persiana y papeles regados por todo el suelo.
"Tu tío me puso diagnóstico", dijo Dalila al fin, subiéndose el cierre del vestido.
"Tu cuñado es mi casero."
"Ya sé."
"Pensé que no lo sabías."
Se acomodó el pelo con los dedos.
"Hoy no, Nicanor. Hoy no quiero hablar de él."
Salió sin que nadie la viera, y yo me pasé media hora recogiendo recetarios.
Al día siguiente, el martes, llegaron treinta y un pacientes.
Una vieja con bastón me tomó la mano y me dijo "doctorcito".
Dijo que se le había quitado el dolor de espalda solo de verme.
El hombre del puesto de frutas de la esquina vino a preguntarme, bajito y colorado, si había algún remedio para "cuando uno se queda corto".
"Eso lo ve mi tío cuando regrese", le dije, por décima vez.
"Pero usted es de la familia."
"Pero no soy médico."
"Doctor, no sea modesto", me dijo, y me dejó una piña en el escritorio.
Todos en el barrio Boston sabían que ese consultorio curaba las calenturas.
Mi tío llevaba treinta años escuchando a la gente hablar de lo que nadie habla, sin que se le moviera un músculo de la cara.
La cuadra lo quería como a un santo con bigote.
Y ahora, por culpa de una bata blanca, todos empezaban a mirarme a mí con la misma esperanza.
Yo apuntaba nombres, repartía turnos y ponía cara de seriedad.
No receté nada. No toqué a nadie.
La única persona a la que había tocado en esa semana no figuraba en ninguna planilla.
A las seis de la tarde salió la última paciente.
Puse el letrero de cerrado y bajé la persiana de la entrada.
Me quedé de pie en la sala de espera, con las sillas plásticas alineadas y la piña sobre el escritorio.
Y entonces la puerta se abrió sin que nadie hubiera tocado.
Dalila entró con una falda blanca y una blusa ajustada, y cerró con llave detrás de ella.
"Sigue cerrado", dije.
"Ya vi."
Cruzó la sala con unos tacones que sonaban sobre las baldosas.
Se plantó frente a mí, tan cerca que le sentí el perfume de jazmín.
"Me pasé la noche pensando en tu mano", dijo.
"Yo en la tuya."
"Esa no la he usado todavía."
Me agarró por la camisa y me arrastró hacia el cuartico de materiales, un armario con puerta que olía a desinfectante y gasas.
Cerró la puerta con el talón.
Quedamos pegados entre las cajas y los estantes, a oscuras, con una bombilla que ella encendió de un manotazo.
Me besó contra el estante.
Fue un beso hondo, con la lengua, con los dientes, con las dos manos metidas en mi pelo.
Le agarré la cintura y la levanté hasta que sus piernas me rodearon.
Las cajas se tambalearon.
Ella me mordió el labio y se rió contra mi boca.
"Ya me estoy mojando otra vez", susurró.
"Dalila."
"Y hoy no quiero camilla."
Me puso las manos en la cara y me obligó a mirarla.
"Cierra el consultorio con llave y sígueme", ordenó. "Mi casa. Ahora."