El Doctor De Las Calenturas, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Visita a domicilio
Su casa en El Prado era una casona de techos altos, con ventiladores girando despacio y un olor a madera encerada.
Yo había subido a esa puerta durante seis meses con una caja de pastillas, y nunca había pasado del recibidor.
Esa noche pasé de largo hasta el fondo del pasillo, de la mano de ella.
"La empleada se va a las seis", dijo Dalila, empujando una puerta doble. "No hay nadie en kilómetros."
Era su habitación.
Tenía una cama enorme con dosel, cortinas de lino y un ventanal abierto sobre una terraza oscura.
Una brisa del río movía las cortinas.
Dalila dejó caer las llaves en una bandeja y se quedó de espaldas a mí, mirando por la ventana.
"En esta cama mi marido pasó dos años muriéndose", dijo, sin ninguna tristeza en la voz.
"Lo quise mucho."
"Pero hace cuatro años que en esta cama nadie me dice qué hacer."
Me acerqué por detrás y le puse las manos en los hombros.
"¿Qué quieres que te diga?"
"Lo que dice un doctor."
Se dio vuelta, y tenía los ojos oscuros y serios.
"Esta noche no soy yo la que manda", dijo. "Esta noche mandas tú, y yo obedezco. ¿Puedes?"
Nunca había mandado nada en mi vida, ni siquiera un pedido de farmacia.
Pero la miré, y sentí que algo en mí se enderezaba.
"Puedo."
"Entonces ordena, doctor."
Respiré hondo.
"Quítate la blusa."
Se la desabotonó despacio, botón por botón, con los ojos puestos en los míos.
"Más rápido."
Se la sacó de un tirón y la dejó caer.
Debajo llevaba un sostén blanco de encaje, que le apretaba los pechos hacia arriba.
"La falda."
Se bajó el cierre y la falda cayó en un charco blanco alrededor de sus tacones.
Tenía el calzón del mismo encaje, transparente en el centro.
"Quítate eso también", dije, y señalé el sostén.
Lo soltó y los pechos le cayeron libres, pesados, con los pezones tiesos por el aire del ventilador.
"Buena paciente", le dije.
Ella cerró los ojos un segundo, y le recorrió un escalofrío.
"Otra vez", susurró.
"Buena paciente. Ahora el calzón."
Se lo bajó por las piernas y se quedó desnuda frente a mí, con los tacones puestos.
"Voy a revisarte", dije.
"Revíseme, doctor."
Le puse las palmas en las costillas y subí hasta los pechos, que le pesaron en mis manos.
"Respira hondo."
Respiró, y los pezones se le endurecieron contra mis pulgares.
"Ahora tose."
Tosió, riéndose, y yo aproveché para deslizarle dos dedos entre las piernas.
Estaba tan mojada que se me resbalaron solos hasta el nudillo.
Ella se agarró de mis hombros con un gemido.
"Qué diagnóstico", susurré. "Tienes la cuca ardiendo."
"Dame el tratamiento."
"Todo a su tiempo."
Saqué los dedos y se los puse en la boca, y ella los chupó sin apartar la mirada.
Yo todavía llevaba la camisa y el pantalón.
Caminé alrededor de ella, despacio, como había visto hacer a mi tío con los exámenes.
Le pasé un dedo por la espalda, de la nuca hasta la cintura.
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