Huí de mi boda y encendí la aurora, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: Gianfranco
Gianfranco Zevallos estaba de pie en el patio de la cabaña, con un abrigo de lana que no era de su talla y el rostro de quien lleva dos noches sin dormir.
Había adelgazado.
Tenía la barba sin afeitar, los ojos hundidos, y las manos le temblaban a los costados.
Me detuve en la puerta.
Hacía tres años que no lo veía a menos de diez metros de distancia.
Recordé su paraguas negro, aquella tarde de lluvia, y su voz diciendo "no puedo seguir".
"Mariluz", dijo.
"¿Qué haces aquí?"
"Te busqué desde ayer. Llamé a todos los conocidos de tu padre."
"¿Cómo me encontraste?"
"Un contador amigo de mi padre conoce a todo Arequipa. Me dio la dirección."
Noé, apoyado en el marco de la puerta, cruzó los brazos.
"Yo no le di nada", gruñó.
"Lo sé. Perdón."
Gianfranco tragó saliva.
"Necesito hablar contigo. A solas."
"No."
"Mariluz, por favor."
"Aquí delante de Noé, o no hablamos."
Gianfranco miró al camionero de reojo.
Después bajó la cabeza.
"Está bien."
Se frotó la cara con las dos manos.
Eran las manos de un chico débil, de dedos finos, que nunca había cargado nada más pesado que un portafolios.
"Isaías me obligó", dijo.
Sentí algo frío en el estómago.
"¿Te obligó a qué?"
"A dejarte."
"Tú me dejaste."
"Sí. Pero no por mi voluntad."
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