La Desconocida que Me Encendió en el Show, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Entre bastidores
Rogelio, el promotor, advierte a Leonel que nadie toca a su cantante; minutos antes del show ella lo lleva al ropero del camerino y lo toma antes de que el promotor llame a la puerta.
Citlali se vistió en tres segundos y salió por la puerta de servicio sin hacer ruido.
Yo apenas alcancé a subirme el pantalón antes de que el hombre del traje claro entrara a la cabina.
"Buenas noches, ingeniero", dijo.
Tenía unos treinta y cuatro años, pelo engominado, reloj de oro y una sonrisa de dentista.
Olía a loción cara.
"Rogelio Salinas", se presentó, sin darme la mano. "Soy el promotor de Lunares. Quien paga las cuentas de este lugar cada viernes."
"Leonel Garrido", dije. "Buenas noches, licenciado."
"Oí unos ruidos raros por las bocinas. Gritos."
"Una retroalimentación, licenciado. El micrófono de talkback se abrió solo."
Miró la mesa de mezcla.
Los faders estaban todos movidos y había una huella de mano pequeña sobre el cristal del tablero.
Sonrió más.
"Qué raro. Parecían gritos de mujer."
"Eso hace la retroalimentación a veces."
"Claro."
Se frotó el mentón.
"Mira, joven. Mi cantante nueva es la mejor inversión que he hecho."
"Nadie la toca. Nadie la mira de más. ¿Entendido?"
"Entendido."
"Perfecto."
Se fue sin despedirse.
Yo me quedé con el corazón en la boca y los dedos oliendo a ella.
El viernes siguiente era el primer show de Lunares con la nueva vocalista.
Estuve en la cabina toda la tarde, probando micrófonos, sin verla.
Hasta que, una hora antes de abrir puertas, sonó el celular.
Era un mensaje desde un número desconocido.
"Camerino 4. Ropero del fondo. Ven antes del primer tema. No toques a nadie."
Tardé tres minutos en llegar.
Los pasillos de bastidores estaban llenos de cables, de técnicos corriendo y de maquillistas.
Nadie me miró.
Abrí la puerta del camerino 4, que estaba vacío, y fui al ropero de atrás.
Era un clóset largo, oscuro, lleno de vestuario colgado.
Una mano me jaló dentro y me cerró la puerta.
"Tarde", susurró Citlali.
Llevaba un body negro de lentejuelas, botas altas y labios rojos.
La luz del pasillo entraba por una rendija y le marcaba la cara por primera vez.
Era más bonita de lo que había imaginado.
Ojos grandes, boca ancha, un lunar bajo el labio.
Me miró también, con la misma curiosidad.
"Con razón", dijo.
"¿Con razón qué?"
"Que no podía dejar de pensar en esas manos."
Me tomó de la camisa y me besó.
Fue un beso feroz, con sabor a menta y a lápiz labial, que me dejó sin aire.
Sus manos bajaron a mi cinturón.
"Tenemos veinte minutos", dijo contra mi boca. "Antes de que Fátima me busque."
"¿Y si nos descubren?"
"Que nos descubran."
Se arrodilló entre los vestuarios, sobre una alfombra de cajas de zapatos.
Me desabrochó el cinturón, me bajó el pantalón y el bóxer, y mi verga saltó libre, dura, apuntando a su cara.
Ella la miró un segundo con admiración.
"Hermosa", murmuró.
Y me la metió en la boca.
Su boca era caliente, estrecha, mojada.
Me chupó con lentitud, subiendo y bajando, con la lengua enredada en la cabeza.
Me apoyé en la pared y me mordí la mano para no gemir.
Ella me miraba desde abajo con esos ojos negros, sin dejar de chupar.
Con una mano me tomó la base, y con la otra me acarició los huevos.
"Citlali", jadeé. "Para, que me vengo."
Se la sacó de la boca con un sonido húmedo.
"Todavía no", dijo, lamiéndose los labios. "Primero yo."
Se puso de pie, se bajó el body hasta la cintura, y me mostró las tetas.
Me agarró la mano y la puso en una.
Pezón duro, piel suave.
Los chupé, uno y otro, y ella arqueó el cuello.
"Rápido", susurró. "Rápido, que se acaba el tiempo."
Me dio la espalda.
Se apoyó con las manos en la barra de los ganchos, entre dos vestidos colgados, y se corrió el body a un lado.
Estaba mojada.
Muy mojada.
La penetré de un solo empujón, de pie, desde atrás, y ella ahogó un grito entre los vestidos.
"Ay, Dios."
"Cállate", le dije al oído, con una risa. "Que nos oyen."
"Que me oigan."
La agarré de las caderas y empecé a darle fuerte.
Las lentejuelas del body me raspaban el estómago.
Los ganchos tintineaban sobre la barra, el vestuario temblaba, y afuera, a unos metros, sonaban las pruebas de bajo.
Cada embestida le arrancaba un jadeo.
Cada jadeo se perdía en el ruido del pasillo.
"Más duro", pidió. "Fuerte, así."
Le di más duro.
Metí la mano por delante y le froté el clítoris con dos dedos, y ella se estremeció.
"Voy a venirme", avisó. "Voy a... ay, Leonel."
"Hazlo. Quiero sentirlo."
Se vino con un temblor largo, mordiendo una manga de lentejuelas, apretándome tanto que a mí se me nubló la vista.
Salí de ella a tiempo, apenas, y me vine sobre sus nalgas, en tres chorros calientes, con un gruñido bajo.
Nos quedamos jadeando entre los vestidos.
Ella se rio sin voz.
"Qué desastre", dijo.
Sacó un pañuelo de su bolsa, me limpió, se limpió, se arregló el body frente a un espejo de mano.
Me dio un beso rápido.
"Gracias por ser puntual", dijo.
Y entonces, afuera, sonaron unos nudillos contra la puerta del camerino.
"¿Citlali?", dijo una voz masculina. "¿Estás ahí, preciosa? Necesito hablar contigo antes de salir."
Era Rogelio.
Citlali palideció.
Se llevó un dedo a los labios y me empujó con suavidad hacia el fondo del ropero, detrás de los vestidos.