¡¿La esposa legal de mi esposo es mi hermana?!, novela · Capítulo 3 de 20
Capítulo 3: El taller de mi madre
Citlali vuelve al taller de su madre, el cliente nuevo le hace reír, los Zepeda le cancelan el contrato y alguien toca a la puerta.
Manejé hasta Tlaquepaque con las dos manos en el volante y sin llorar.
Me quedaban dos cosas en el mundo: un auto viejo y el taller de mi madre.
Estaba al final de la calle Independencia, entre un local de piñatas y otro de alfarería, con la puerta de madera azul y el horno de leña en el patio de atrás.
Mi madre lo había tenido treinta años.
Yo lo había heredado a los veinte, cuando ella murió, y lo había conservado a puro costal de arcilla y a ratos libres, mientras decía que mi trabajo de verdad era ser la esposa de Moisés.
Cuatro años.
Metí la llave.
Olía a barro mojado, a leña vieja, a trementina.
Los estantes llenos de platos sin esmaltar.
Los tornos cubiertos de polvo.
Y en la mesa del centro, mi delantal, colgado como si me esperara.
Me lo puse.
Me senté al torno.
Agarré un trozo de arcilla húmeda, lo golpeé contra la mesa, y empecé a amasarlo con una furia que me tembló en los brazos.
Una bola.
Otra.
Una tercera.
Cuando por fin la puse a girar, el barro se me escapó entre los dedos, torcido, y lo aplasté con los puños.
Entonces lloré.
Lloré con la cara sucia de barro y las rodillas contra el torno, sin hacer ruido, mientras el sol se movía por el piso de ladrillo.
"Perdón", dijo una voz en la puerta. "¿Es mal momento?"
Levanté la cabeza.
Un hombre alto estaba parado en el umbral, con una camioneta blanca detrás y un cuaderno en la mano.
Tendría unos treinta y cinco años.
Hombros anchos, pelo negro cortado al ras, barba recortada, camisa de trabajo con las mangas dobladas hasta el codo.
Me miraba con una mezcla de pena y de buena educación.
"Es mal momento", dije, con la voz mojada.
"Vuelvo luego."
"¿A qué?"
"Soy Jonás Arreola. Tengo una destilería en Tonalá. Hace un mes hablé con una señora de su equipo sobre un pedido de doscientas botellas de barro."
"Mi equipo soy yo."
"Ah."
"No hay otro."
"Entonces hablé con usted por teléfono. Hace un mes. Dijo que sí, pero con una voz distinta."
"Era otra vida."
Se rio.
Fue una risa corta, ronca, que le arrugó los ojos.
"Si le parece, regreso el viernes."
"No. Pase."
No sé por qué lo dije.
Entró, con cuidado, como quien entra a una iglesia.
Miró los estantes, las botellas panzonas con esmalte azul cobalto, los jarros de boca ancha, la fila de platos con guardas de flores.
"Esto es hermoso", dijo.
"Gracias."
"No lo digo por cortesía. Mi mezcal necesita algo que no sea vidrio. Algo que huela a tierra."
"El barro huele a tierra."
"Eso dije."
Se acercó al torno donde yo seguía sentada, con la cara manchada.
Miró mi obra deshecha.
"¿La mató?"
"Sí."
"Tiene buen carácter."
"Gracias."
"Yo hago eso con las barricas cuando salen mal. Las golpeo. Después las dejo descansar."
Me reí sin querer.
Fue un graznido ridículo, entre el llanto y la risa, y él se sonrió.
"Si quiere", dijo, "hacemos el trato ahora. Quinientos pesos por botella, mitad de anticipo."
Eran el triple de lo que cobraba a la tequilera Zepeda.
"Eso es mucho."
"Es lo justo."
"Usted me conoce poco."
"Pero conozco bien esa pieza", dijo, señalando una botella con una grieta en el cuello. "Si usted la dejó así a propósito, es una artista. Y si la dejó por accidente, la voy a poner en mi mesa de todas formas."
"Fue a propósito."
"Mejor."
Sonó mi teléfono.
Contesté sin mirar la pantalla, por reflejo.
Era la secretaria de la tequilera.
Una voz joven y apurada, que me leyó un correo con la mayor frialdad.
"Señora Camarena, la dirección de Tequilera Zepeda le informa que, a partir de hoy, se suspende el contrato de suministro de botellas artesanales por tiempo indefinido."
"Me avisaron hace una semana que me iban a renovar."
"Fue una decisión de último momento."
"¿De quién?"
"De la dirección."
Colgué.
Mi taller tenía a los Zepeda como único cliente grande desde hacía cuatro años.
Ochenta por ciento de lo que yo ganaba.
Miré a Jonás, que había fingido interesarse en una jarra.
"Perdí a mi mejor cliente", dije.
"No creo."
"¿Cómo que no?"
"Tiene uno nuevo, parado frente a usted."
Sonrió con media boca.
"Pero le advierto: yo regateo el color de cada botella."
Me levanté, limpiándome las manos en el delantal.
"¿Quiere pasar al patio a ver el horno? Está encendido. Le enseño cómo se quema una botella."
"Con gusto."
Caminamos hasta el patio.
El horno de leña estaba al fondo, bajo un techo de lámina.
Le conté cómo se acomodaban las piezas, cómo se subía la temperatura poco a poco, cómo había que esperar toda la noche para abrir la puerta.
Él escuchaba con la atención de quien aprende un oficio ajeno.
Me hizo tres preguntas, buenas, de las que se le hacen a alguien que sabe.
Por primera vez en ese día me di cuenta de que respiraba.
Fue entonces cuando oí tocar en la puerta de madera azul.
Dos golpes.
Un silencio.
Dos golpes más.
"¿Espera a alguien?", preguntó Jonás.
"No."
Fui a abrir con el delantal manchado y la trenza deshecha.
Una mujer alta estaba parada en la calle, con gafas oscuras, un abrigo negro y una maleta pequeña en la mano.
Tenía el pelo castaño miel a la altura de los hombros.
Se quitó las gafas.
Los ojos verdes que había visto por última vez hacía cuatro años, en una foto de familia, me miraron sin parpadear.
"Hola, hermana", dijo Xóchitl.