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La Novia Sustituta del Clan Serpiente, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La boda con velo

El día que cumple veinticinco años, Ofelia se casa con velo y Nazario le pone una sola condición.

Cumplí veinticinco años esa mañana, y me casé con un hombre cuya cara no vi hasta que dijimos "sí".

Así lo mandaba el rito de las Serpientes.

La novia entraba al Salón de las Escamas con un velo verde sobre la cara.

El novio la esperaba junto al altar, de espaldas, hasta el último voto.

Caminé sola por una alfombra de musgo seco, entre doscientas personas que no hablaban.

Las Serpientes eran un clan callado.

Los hombres llevaban capas verdes, y las mujeres, trenzas hasta las rodillas.

Todos me miraban sin parpadear.

En el estrado, con las manos a la espalda, estaba el heredero.

Alto.

Muy alto.

Con el pelo negro, cortado al ras, y una chaqueta negra de cuello alto bordada con hilo de plata.

A su lado, apoyada en un bastón con la cabeza de una serpiente tallada, una anciana de pelo blanco y ojos de ave.

Altagracia Vidaurre, matriarca del clan.

Cuando llegué al estrado, ella me escudriñó de arriba abajo, con un solo movimiento de cabeza.

Después, sin sonreír, asintió.

El embajador leyó el contrato.

Dijo mi nombre completo.

Dijo el de él.

"¿Aceptas, Ofelia Navarrete, unirte al clan Serpiente y ser esposa de Nazario Vidaurre?"

"Acepto."

"¿Aceptas, Nazario Vidaurre, a Ofelia Navarrete?"

Hubo un silencio.

El heredero respiró, y escuché el aire entrarle en el pecho, largo, como el de quien se prepara para un golpe.

"Acepto."

Su voz era grave, baja, de las que se oyen en la espalda.

"Que se alce el velo."

Nazario se dio la vuelta.

Se acercó a mí, a dos pasos.

Con las manos grandes, enguantadas en cuero negro, tomó el borde del velo.

Lo levantó despacio.

La luz de las velas me dio en la cara.

Y le vi los ojos.

Verdes.

Verdes como el interior de una hoja, con la pupila alargada, vertical, como la de un gato.

Me miraron fijos, sin parpadear.

Eran los ojos de un hombre que estaba esperando que yo gritara.

No grité.

Le sostuve la mirada.

Su cara era seria, de mandíbula cuadrada, nariz recta, labios firmes.

Una cicatriz fina le bajaba por el cuello hasta perderse en el cuello alto de la chaqueta.

Era un hombre guapo, de una belleza peligrosa y callada.

El rumor decía que era cruel.

No lo parecía.

Parecía cansado.

Me tocó la mejilla con el pulgar, un roce rápido, casi un error.

"Estás fría", dijo.

"Es el viento de la sierra."

"Hay una chimenea en nuestras habitaciones."

Fue lo único que me dijo ese día delante de los demás.

El banquete duró tres horas.

Nazario se sentó a mi lado en una mesa larga, comió poco, dijo menos y no me tocó.

Cada vez que yo extendía la mano hacia la copa, él ya me la estaba acercando.

Una vez, un invitado me preguntó cómo había hecho la poción.

Nazario respondió por mí antes de que yo abriera la boca.

"Es mi esposa. Tiene derecho a no contarle sus secretos a nadie."

El invitado se calló.

Yo lo miré de reojo.

Él seguía mirando al frente, impasible.

Cuando por fin los criados nos acompañaron a los aposentos, subimos una escalera de caracol, cruzamos un pasillo con ventanas altas y llegamos a una puerta de roble tallado.

Nazario la abrió.

Entré.

Era una habitación enorme, con chimenea, una cama de baldaquín, alfombras de lana verde y un ventanal que daba a una terraza.

Mis maletas estaban en una esquina.

Había un jarrón con rosas blancas.

Nazario cerró la puerta y se quedó con la espalda contra la madera.

Se quitó los guantes.

Uno.

Otro.

Los dejó sobre una silla.

"Ofelia."

"Dime."

"Quiero que lo oigas de mí y no de los criados."

"¿Qué cosa?"

"Soy incapaz de tener hijos."

Lo dijo seco, mirándome directo.

"Lo sé."

"Los curanderos del Consejo lo han comprobado cuatro veces. Es una maldición de mi sangre. Mi abuela lo sabía cuando firmó el contrato. Pero tú no."

"Me lo dijeron en el torneo."

"Entonces ya sabías a qué te casabas."

"Sabía lo que se decía."

Se pasó una mano por el pelo corto.

"No te voy a mentir. Este matrimonio es un trámite del clan. Tú estás aquí porque tu hermana te robó una poción y tu prometido te cambió por ella. No hace falta que finjas nada."

"No finjo."

"Mejor." Cruzó el cuarto hasta la ventana. "Hay una cama. Es tuya. Yo duermo en el diván del vestidor, por las noches. No habrá hijos. Y no habrá cama."

Me quedé quieta.

Esperé un segundo.

Después dos.

Él seguía de espaldas, mirando la sierra.

"Nazario."

"Dime."

"¿Eso es una orden o una advertencia?"

Se volvió.

Con la luz del hogar, vi que los ojos le brillaban.

"Una advertencia."

"¿De qué?"

"De que soy peligroso."

Lo miré.

Un hombre de dos metros, con ojos de serpiente y una voz que temblaba en la última palabra.

Sonreí, un poco.

"Ya veremos."

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