La pobre aldeana atormentada por la adicción al sexo, novela · Capítulo 8 de 12
Capítulo 8: La camilla
La camilla del consultorio crujió bajo el peso de los dos.
Leandro estaba tendido de espaldas sobre el papel arrugado, desnudo, con los anteojos puestos y las manos abiertas en mis caderas.
Yo estaba sobre él, a horcajadas, con la falda enrollada en la cintura y la blusa desabotonada.
Todavía no lo había dejado entrar.
Le frotaba mi panocha mojada a lo largo de la verga, despacio, de arriba abajo, viendo cómo se le crispaba la cara.
"Maricruz", me advirtió.
"Es la noche antes del visitador, doctor." Me incliné y le mordí el labio de abajo. "Usted mismo dijo que a lo mejor es la última."
"No quise decir eso."
"Yo sí."
Me levanté sobre las rodillas, lo agarré con la mano, y me dejé caer.
Entró entero.
Los dos soltamos un sonido largo, el suyo grave, el mío casi un sollozo.
En la silla de la esquina, Anselmo se había abierto el pantalón y se miraba la mano, quieto, con los ojos oscuros.
"Mírame", le dije. "Mírame bien."
Empecé a montar.
Subía casi hasta sacármelo y bajaba de golpe, con el aire entrando y saliendo de mi pecho como un fuelle.
La camilla chillaba.
Los frascos del estante tintineaban uno contra otro.
Leandro me agarró las nalgas con las dos manos y me abrió, y yo sentí que se me iba el alma.
"Así", gruñó. "Hazlo así."
"¿Le gusta, doctor?"
"Me vuelves loco."
"Pues dígalo más fuerte."
"Me vuelves loco, Maricruz."
Me incliné hacia adelante, con las tetas rozándole el pecho, y le puse la boca en la oreja.
"Anselmo", dije, sin voltear. "Ven."
Mi marido se levantó de la silla con el pantalón en las rodillas.
Se paró a mi espalda, y sentí sus manos ásperas acariciarme la columna hasta la cintura.
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