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La Sombra Del Pastel, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La voz de mamá

Un mensaje de voz de su madre rompe la primera mañana de los dos.

Escuché el mensaje de mi madre cuatro veces seguidas, sentada en la alfombra roja de la sala dos, con el vestido arrugado y el cuerpo todavía temblando.

"Mija, soy yo. Estoy en Caracas. Llego a la casa mañana. Dile a Gustavo que tenemos que hablar de los papeles del cine."

Después, un silencio con ruido de tráfico.

Y la risita de siempre, esa que usaba para que no le dijeran que no.

"Te quiero, mi vida."

Gustavo estaba a mi lado, con el pantalón puesto y la camisa colgando.

Me miraba sin decir nada.

"Papeles del cine", repetí.

"No sé de qué papeles habla."

"Tú tampoco."

"Yo nunca firmé nada con ella sobre el cine."

Nos quedamos en silencio.

Dormí esa noche en mi cuarto, en la casa de El Paraíso.

Él durmió en el suyo.

Nos separaban un pasillo y una pared de bloques, y yo pasé las horas mirando el techo.

Me levanté a las siete.

Bajé a la cocina en bata y descalza.

Gustavo estaba junto a la estufa, de espaldas, con una sartén en la mano.

Había hecho arepas.

Olían a mantequilla y a queso.

"Buenos días."

"Buenos días."

Se volvió.

Ojeras, barba sin afeitar, el cuello de la camisa mal doblado.

Me miró con una mezcla de cariño y de miedo.

"No te atrevas", dije.

"¿Qué?"

"A decir que fue un error."

"No iba a decirlo."

"¿Entonces qué ibas a decir?"

Dejó la sartén sobre la mesa.

Se apoyó en el mesón, con los brazos cruzados.

"Que fue lo mejor que me ha pasado en años."

Se me aflojaron las rodillas.

"Y que por eso tengo miedo."

"¿De qué?"

"De tu madre."

Me senté en una silla.

"Yo también."

"No quiero que sufras por mí, Andreína."

"Ya sufrí por ella. Toda la vida. Eso lo conozco."

"Esto es distinto."

"Lo sé."

Me tendió un plato con dos arepas.

Comimos en silencio un minuto.

"Hay algo más", dijo.

"Dime."

Sacó de un cajón un sobre blanco con el membrete de un banco.

Me lo pasó.

Leí la primera línea.

"Notificación de inicio de ejecución hipotecaria."

El nombre del deudor: Gustavo Arismendi.

La garantía: el Cine Alameda.

Un monto de ochenta mil dólares.

Un plazo de treinta días.

"No debo ese dinero", dijo. "Nunca pedí un préstamo."

"Entonces..."

"Mi firma aparece en los papeles. Alguien la falsificó."

Levanté la mirada.

"Mamá."

"Es lo único que tiene sentido."

"No puede ser."

"Tu madre se fue hace catorce meses, sin avisar. Dejó un mensaje de texto. Y ahora vuelve, justo cuando llega esta carta, y pide hablar de 'los papeles del cine'."

Me quedé quieta.

Conocía a mi madre.

La conocía demasiado bien.

Pensé en sus uñas perfectas, en sus tacones, en sus mentiras elegantes.

"Cuánto tiempo tenemos."

"Treinta días."

"Entonces tenemos treinta días."

"Andreína..."

"Tenemos."

Me sonrió, con una ternura que me dolió.

Esa tarde abrimos el cine a las cuatro, como todos los viernes.

La función era una vieja película argentina, con cuarenta y cinco espectadores.

Yo subí a la cabina para ayudar con el proyector.

Era un cuarto estrecho en lo alto del edificio.

Tenía un proyector de treinta y cinco milímetros, dos platos de rollos, una mesa de empalme y una ventanilla que daba a la sala.

El zumbido del motor llenaba el aire.

Gustavo estaba revisando el carrete.

Me vio entrar.

Dejó el rollo.

Se acercó.

Sin decir nada, me tomó de la cintura y me besó.

Fue un beso lento, hondo, que me levantó de puntillas.

Sus manos me recorrieron la espalda y me apretaron contra él.

Yo me aferré a su camisa.

Olía a aceite de máquina y a jabón.

"Gustavo", susurré. "La función."

"Está corriendo sola."

"Hay gente abajo."

"Lo sé."

Me besó el cuello.

Me mordió el lóbulo de la oreja, suave.

Casi me derrito.

Me soltó, despacio, con los ojos oscuros.

"Esta noche", dijo. "Cuando cierre."

"Dime dónde."

"Aquí."

Sonreí.

Bajamos juntos para abrir la taquilla.

La taquilla era una ventanilla de vidrio en la entrada del cine, con un mostrador de madera y una caja registradora vieja.

Me senté a vender las entradas de la función de las seis.

Gustavo se quedó en el lobby, ordenando los afiches.

Faltaban cinco minutos para las seis cuando una sombra se detuvo frente al vidrio.

Levanté la vista.

Una mujer alta y delgada, con un vestido azul marino de seda.

Llevaba gafas oscuras, el pelo teñido de rubio miel y una maleta de cuero a sus pies.

Se quitó las gafas despacio.

Tenía los mismos ojos grandes que yo, pero más fríos.

"Hola, mija", dijo mi madre.

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