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La Sombra Del Pastel, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: La cabina

Mi madre me besó en las dos mejillas, a través del hueco del vidrio de la taquilla.

Olía a perfume caro y a aeropuerto.

"Mija, qué flaca estás."

"Hola, mamá."

"¿No me das un abrazo?"

"Estoy trabajando."

"Siempre tan seria."

Sonrió con los labios cerrados.

Detrás de ella apareció Gustavo, con los brazos cruzados y la cara vacía de expresión.

"Yaneth."

"Gustavo, mi vida. Qué bien te ves."

"Gracias."

"Vine a hablar contigo. Pero no esta noche. Estoy agotada."

"Mañana en mi oficina. A las diez."

"Perfecto." Se volvió hacia mí. "Voy a quedarme en mi antiguo cuarto, mija, si a Gustavo no le molesta. Solo unos días."

Gustavo me miró de reojo.

"Hay espacio", dijo.

"Qué amable."

"Pero esta noche no hay cena. Estamos con la función."

"Entonces veré la película", dijo mi madre. "Hace años que no entro a este cine."

Le di el boleto.

Me lo agarró con dos dedos.

Cruzó el lobby, con los tacones sonando sobre el mármol, y entró a la sala por la puerta central.

La vi sentarse en la fila F, en medio de los cuarenta y cinco espectadores, con la espalda recta y las gafas oscuras todavía puestas.

Me quedé de pie en la taquilla.

Me temblaban las manos.

Gustavo se acercó por detrás.

"Sube", dijo, bajito. "A la cabina. Ahora."

"Gustavo, mi mamá está..."

"Lo sé."

"Ahí abajo."

"Lo sé, Andreína."

Lo miré.

Tenía los ojos oscuros, febriles.

Y yo, que debía haber tenido miedo, sentí una oleada de calor tan fuerte que casi me caí.

La cabina estaba a oscuras, con la luz roja del proyector y el zumbido constante del motor.

Gustavo cerró la puerta con llave.

El rollo giraba, con la película argentina en blanco y negro.

Por la ventanilla se veía la sala entera, las cabezas pequeñas, la pantalla gigante, y la nuca de mi madre en la fila F.

"Mírala", dijo Gustavo.

"Prefiero no."

"Mírala."

La miré.

Estaba inmóvil, con las manos en el regazo.

Gustavo se pegó a mi espalda.

Sentí su cuerpo caliente, su respiración en mi cuello.

Sus manos grandes me rodearon la cintura.

"Se fue", susurró en mi oído. "Te dejó. Me dejó. Y ahora vuelve a ver cuánto puede llevarse."

"Gustavo."

"Y mientras ella mira una película, yo voy a hacerte el amor aquí arriba."

Un escalofrío me recorrió la columna.

"Si hacemos ruido..."

"No vas a hacer ruido."

"No puedo."

"Puedes."

"Primero me toca a mí", dije.

Me giré entre sus brazos.

Me arrodillé en el piso de metal, frío y grasiento, con la luz roja del proyector en la cara.

Le desabroché el pantalón.

Su verga saltó libre, dura, a pocos centímetros de mi boca.

Levanté los ojos.

Él miraba la sala por encima de mi cabeza, con la mandíbula tensa, y la mano apoyada en la pared.

Lo tomé en la boca despacio.

Gustavo soltó el aire por la nariz, sin ruido.

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