La Sombra Que Dejó De Proteger Al Don, novela · Capítulo 4 de 12
Capítulo 4: La lluvia
Empezó a llover a las cuatro de la tarde, con una lluvia gorda y tibia de costa.
A las cinco lo vi aparecer por el camino de arena.
Venía solo, a pie, empapado, con el traje negro pegado al cuerpo y el brazo izquierdo en cabestrillo.
Caminaba despacio, como quien sabe que si se apura, se cae.
Me quedé de pie junto a la ventana, con la cortina corrida y la pistola en el cinturón.
Nicolás dibujaba barcos sobre la mesa.
"Mamá, ¿quién es?"
"Nadie. Sigue dibujando."
Bernardo se detuvo al pie de los tres escalones de madera.
No tocó.
No llamó.
Se quedó ahí parado, bajo la lluvia, con la cara levantada hacia la puerta cerrada.
Tenía ojeras profundas y la barba descuidada.
Su palidez me desconcertó, porque no era la de un hombre herido sino la de un hombre que no ha dormido en diez días.
Había adelgazado.
El hombre al que yo había visto mandar matar a tres traidores sin parpadear, estaba temblando de frío.
"Marina", dijo.
Su voz atravesó la puerta, ronca y baja.
"Sé que estás ahí."
No contesté.
"No traigo armas. No traigo escoltas. Le dije a Hilario que no viniera. No vengo a llevarte a ningún lado."
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