La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 14 de 16
Capítulo 14: El perro fiel
Tres días después de la caída de Evaristo, el Concilio le ofreció a Dionisio la presidencia.
Él la rechazó.
Prefirió dársela a la anciana, que aceptó con una sonrisa seca y una orden: tres semanas sin interrupciones para el matrimonio Salvatierra.
Esa tarde, Lía se despidió en el vestíbulo de la casa, con la misma maleta de cuero.
Llevaba un nuevo cargo de directora médica del Concilio, y la mirada de quien se ha quitado un peso de encima.
"Si alguna vez necesitas algo", dijo, y me estrechó la mano.
"Lo mismo."
Se fue en un taxi, saludando por la ventanilla.
Cuando la casa quedó en silencio, subí a nuestro dormitorio.
Dionisio estaba sentado en el borde de la cama, sin camisa, con los codos apoyados en las rodillas.
Todavía llevaba el vendaje en el antebrazo.
Me miró entrar.
"Cierra la puerta", dije.
Cerró.
No me di cuenta de lo que hacía hasta que la sensación de poder me llegó a las yemas de los dedos.
En el armario, colgadas de un gancho, estaban las esposas pequeñas de terciopelo negro.
Las mías.
Las descolgué.
Dionisio las vio, y se le oscurecieron los ojos.
"No son para mí", dijo, con un hilo de humor.
"Hoy sí."
Alzó las cejas.
"Esas son tuyas."
"Y yo hago lo que quiero con lo mío."
Lo empujé de espaldas sobre la colcha.
Se dejó.
Le tomé las muñecas, una a una, y las cerré dentro del terciopelo.
Las enganché al cabecero de nogal.
Quedó con los brazos arriba, el pecho desnudo, y la mirada clavada en mí.
Recordé la línea que había flotado sobre su cabeza el primer día.
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