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La Villana Eligió al Íncubo, novela · Capítulo 3 de 16

Capítulo 3: Las muñequeras

Ella pide ser atada, y por primera vez se acuestan juntos, hasta que él se encierra con la espalda abierta.

"Entonces enséñame", dije.

Dionisio me miró sin entender.

Yo caminé hasta la pared, descolgué las esposas pequeñas del gancho y las sostuve delante de su cara.

"Si no son para lo que creo, demuéstramelo."

"Irene."

"Quiero saber cómo se sienten."

"No sabes lo que pides."

"Tú tampoco." Le puse el terciopelo en la palma. "Tres años esperando que me pidieras algo. Te lo pido yo."

Los comentarios del techo estallaron.

"¡¡¡ELLA LO PIDE!!!"

"Esto no estaba en el libro."

"Me gusta esta Irene."

Dionisio cerró la mano alrededor de las esposas.

Respiró hondo, y los músculos de la mandíbula se le tensaron.

"Siéntate en la cama", dijo, y era una orden.

Obedecí.

Sentí el colchón firme bajo mis muslos, las sábanas frías.

Se arrodilló delante de mí y me tomó una muñeca con una delicadeza que no esperaba.

Cerró la primera esposa, con un chasquido suave.

Después la otra.

El terciopelo me abrazó la piel, sin apretar.

Las llevó hacia arriba, y las enganchó a una argolla en el cabecero.

Quedé recostada sobre las almohadas, con los brazos arriba y el cuerpo abierto.

Él se puso de pie, a los pies de la cama, y me miró.

Tragué saliva.

Nunca me había sentido tan expuesta, ni tan segura.

"Mírate", murmuró.

Se quitó el saco, la corbata, la camisa, sin apartar los ojos de mí.

Su pecho era ancho y pálido, tallado como una estatua, con una cicatriz blanca que le cruzaba el antebrazo.

Se subió a la cama, entre mis rodillas.

Con los dedos recorrió el borde de mi pijama.

"Esto estorba."

Desabotonó la blusa, botón por botón, lento, lento, hasta dejarme el pecho al aire.

Me pasó el pulgar por un pezón y se me escapó un jadeo.

"Qué bonita eres cuando no puedes escapar."

"No quiero escapar."

"Lo sé." Sonrió apenas, y fue la sonrisa más peligrosa que le había visto. "Por eso estás aquí."

Bajó la boca.

Me besó el cuello, los hombros, el pecho.

Cuando su lengua rodeó mi pezón y lo chupó con fuerza, grité y tiré de las cadenas.

Sonaron contra el hierro.

"Así", susurró contra mi piel. "Pídeme lo que quieres."

"Más."

"Más qué."

"Que me toques."

"¿Dónde?"

"Donde te dé la gana." Respiré, desesperada. "Dionisio, por favor."

Me bajó el pantalón de seda con las dos manos, de un tirón.

Quedé desnuda.

Sentí sus ojos recorrerme y su respiración se hizo más honda.

Se acomodó entre mis piernas, las abrió con las manos, y me besó donde más ardía.

Primero un roce.

Después la lengua, plana y caliente, de abajo hacia arriba.

Me arqueé contra las cadenas, gimiendo.

Lamía con un hambre de siglos, lenta y metódica, trazando círculos alrededor del clítoris hasta que yo no pude pensar en nada.

"Dios", jadeé. "Dionisio."

Me metió dos dedos, sin avisar, curvados hacia adelante.

Grité.

Me tocaba con una precisión espantosa, como si hubiera estudiado mi cuerpo durante años, y cada empuje me arrancaba un temblor.

Me vine con un sollozo, tirando de las esposas, con los muslos temblando a ambos lados de su cabeza.

Él no se detuvo.

Siguió lamiéndome mientras me convulsionaba, y me hizo venir otra vez, más hondo.

Cuando por fin levantó la cara, tenía los labios brillantes y los ojos hambrientos.

"Buena chica", dijo.

Esas dos palabras me recorrieron la espina entera.

Se bajó el pantalón con una mano.

Estaba grande, duro, venoso, y mi cuerpo entero se contrajo de necesidad al verlo.

Lo acomodó contra mi entrada y se detuvo.

"Mírame."

Lo miré.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome, hasta que su pelvis tocó la mía.

Los dos soltamos un gemido largo.

"Irene", susurró, con la frente apoyada en mi frente. "Tres años."

"Lo sé."

"Tres años sin tocarte."

"Tócame ahora."

Empezó a moverse.

Lento, profundo, con embestidas largas que me alzaban las caderas.

Cada golpe me llegaba hasta el fondo del vientre.

Tiré de las esposas, sacudiendo el cabecero, y él me tomó de las caderas y las levantó, para entrar más hondo.

"Más fuerte", rogué.

"No."

"Dionisio."

"Podría hacerte daño."

"Hazlo."

Gruñó, y su ritmo se aceleró.

La cama de hierro golpeaba contra la pared de piedra, y el sonido de nuestros cuerpos llenaba el sótano.

Sentí que algo se tensaba muy adentro, una cuerda a punto de romperse.

"Vente conmigo", ordenó, ronco. "Ahora."

Me vine gritando su nombre, con las manos apretadas dentro de las esposas, y mi cuerpo lo apretó con tanta fuerza que a él se le quebró la voz.

Se vino detrás, enterrado hasta el fondo, con un rugido que no me pareció del todo humano.

Quedó sobre mí, jadeando, con la frente en mi hombro.

Yo sonreí, agotada.

Fue entonces cuando sentí que su cuerpo se ponía rígido.

Levantó la cabeza.

Tenía los ojos otra vez negros.

"Ábrelas", pidió, y su voz era un hilo. "Las esposas. La llave está en la mesa."

"¿Qué te pasa?"

"Ábrelas ya."

Alargó el brazo y las abrió él mismo, de un tirón, con un clic.

Me soltó las muñecas.

Se bajó de la cama con las manos temblando, de espaldas a mí.

Vi que el músculo de su espalda se movía.

Algo se removía debajo de la piel, entre los omóplatos, como un animal bajo una sábana.

Bultos largos y finos empezaron a levantar el tejido de la piel a lo largo de su columna.

Espinas.

Una fila de espinas oscuras, afiladas como cuchillos, rasgándole la espalda desde dentro.

"No mires", dijo.

Y salió corriendo del sótano, cerrando de un portazo la puerta de acero.

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