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Me ignoró 304 veces: me divorcié, novela · Capítulo 3 de 12

Capítulo 3: La cuenta

En el departamento, Pía descubre en la tablet un chat donde Emilio y sus amigos apostaban cuántas veces rogaría.

Al día siguiente fui al departamento de Viña del Mar con la camioneta de Benjamín.

Él no me lo había ofrecido.

Yo me lo había quedado mirando en la puerta del velorio, sin saber cómo cargar ocho años de cajas.

Él había dicho solo: "A las nueve."

Se quedó esperando abajo, en el estacionamiento, con el motor apagado y un termo de café.

Subí por el ascensor con las llaves temblándome en la mano.

El departamento estaba como siempre, limpio y silencioso, con el olor a lavanda que yo misma había comprado.

Emilio se había ido temprano a la oficina.

Me alegré, y también me dolió, porque eso significaba que no había dormido pensando en mí.

Fui directo al dormitorio y saqué de abajo de la cama la maleta grande.

Metí mi ropa, mi computador, las tabletas de dibujo y la foto de mi papá con su gorro de lana.

En el cajón del velador estaba mi libreta de tapas rojas.

La abrí por la última página.

Trescientas cuatro rayitas, cada una con una fecha al lado.

A veces había una frase corta: "Cena de aniversario", "Control médico de papá", "Cumpleaños de papá."

Cada una era una vez que le había pedido algo y él me había dejado sola.

Cerré la libreta y la guardé entre mi ropa.

Ya no me servía para nada.

Pensé que lo mejor sería llevármela de todos modos, para no olvidar.

Después fui a la cocina por la tetera de mi abuela.

Sobre la isla estaba la tablet de la casa, la que usábamos para las recetas y los pedidos del supermercado.

La pantalla se encendió sola con una notificación.

No quise leerla.

Pero la tablet estaba conectada a la cuenta de Emilio.

El mensaje tenía el nombre de un grupo que yo conocía por casualidad: "Los Cuñados."

Eran sus tres amigos de la universidad.

Las notificaciones seguían cayendo, una tras otra, como si alguien tecleara muy rápido.

Toqué la pantalla.

No sé por qué lo hice.

Quizá porque ya no tenía nada que perder.

El chat se abrió en la última conversación.

Un amigo, el de los lentes, había escrito: "Entonces, ¿cuánto te dio la Pía anoche?"

Emilio respondió: "Nada. Se puso rara en el velorio. Me rompí la cabeza escuchando cantar a los pescadores."

Otro amigo: "Jajaja. Pero ¿apostamos o no apostamos?"

Me quedé helada.

Subí por la conversación con el dedo.

Había una imagen fijada arriba, en el primer mensaje del grupo, de hace casi cuatro años.

Era una tabla hecha en una hoja de cálculo, con el título "LA CUENTA DE LA PÍA."

Tenía columnas con nombres, fechas y números.

Cada vez que yo le había rogado algo a mi marido, él lo anotaba ahí para sus amigos.

"Van 120", había escrito una vez, con un emoji de cohete.

"El que acierte cuántas veces más pide antes de rendirse se lleva la botella de whisky."

Los otros habían puesto sus números.

Doscientos, trescientos, quinientos.

Seguí subiendo, con la garganta cerrada.

Había mensajes de todas las fechas de mi libreta.

"Hoy me rogó que fuéramos a la cena de su abuelo."

"Van 211. Se arrodilló en la cocina, créanme."

"Van 260. Quiere que vayamos a ver a su papá al hospital. Yo le dije que veré."

"Qué manera de aguantar tiene esta mujer", había escrito uno.

Y Emilio: "Es de las que aguantan. Por eso la elegí."

Me apoyé en la isla de mármol porque las rodillas ya no me sostenían.

Cuando llegué a los mensajes de ayer, a las doce del día, sentí que me faltaba el aire.

Emilio había escrito: "Anoche se arrodilló en la cocina para que vaya al mar con su papá moribundo. Van 304."

Un amigo: "¿Y vas a ir?"

"Claro que no. No pienso perder mi día mirando cómo se muere un viejo. Tengo a Jimena."

Otro: "Jajaja. Eres cruel."

Emilio: "Es la vida."

Y a las tres de la tarde, una hora después de que mi papá muriera, Emilio había escrito un último mensaje.

"Cierren la Cuenta. Ganó el de los lentes, con 304. Me debe una cerveza."

Debajo, Jimena, que también estaba en el grupo, había respondido con tres corazones.

Me quedé mirando esa pantalla con el celular en la mano.

Hice lo único que se me ocurrió.

Fotografié cada mensaje, uno por uno, hasta tener la conversación completa.

Cuando terminé, mis manos ya no temblaban.

Dejé la tablet exactamente donde estaba.

Oí que se abría la puerta del departamento.

Alguien entró hablando en voz baja, riéndose, y reconocí la risa antes de reconocer la voz.

Era Jimena.

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