Mi Alfa Lloró Lágrimas de Plata, novela · Capítulo 3 de 16
Capítulo 3: El vestido
Leticia le encarga a Amaranta el vestido de novia y la sombra de una alianza con la bruja aparece.
Leticia Tovar entró a mi cabaña como entran las visitas que saben que van a ser recibidas.
Dejó la canasta de flores sobre la mesa y se quitó el sombrero.
Se sentó en el borde de mi cama, a treinta centímetros de mi cara.
Olía a jazmín.
Su pelo castaño caía en ondas perfectas sobre un hombro.
Llevaba un vestido de lino con encaje en el cuello, de esos que parecen sencillos y cuestan una mensualidad.
"Perdona que irrumpa así", dijo. "Me contaron que eras la mejor modista de la sierra."
"Era."
"Es lo mismo." Sonrió. "Casimira me enseñó tu taller. Es precioso. Tenías un tapete de tela de todos los colores."
"Fue hace años."
"Pero las manos no se olvidan, ¿verdad?"
Me miró las manos.
Las tenía sobre la manta, delgadas, con las uñas pálidas y las venas marcadas como líneas de plata.
"Quiero que me hagas el vestido de novia", dijo.
Parpadeé.
"Faltan tres semanas."
"Lo sé."
"Es imposible."
"Casimira dice que eres rápida." Alargó la mano y me tocó la muñeca con dos dedos fríos. "Y me da pena ver una gran artista desperdiciándose en una cama. Podrías tener un último proyecto. Algo bonito."
Algo bonito.
Un último proyecto.
La frase me cayó en el estómago como una piedra.
"¿Qué sabes de mí?", pregunté.
"Sé lo que se sabe." Su sonrisa no se movió. "Que estuviste enferma. Que fuiste novia de Abdiel. Que lo dejaste."
"Hace mucho tiempo."
"Siete años." Ladeó la cabeza. "Y vuelve y lo primero que hace es venir a tu casa, antes de venir a la mía."
"Vino a insultarme."
"Qué raro. Pensé que lo había visto salir con un frasco bajo el abrigo."
Se me heló la espalda.
Leticia sonreía con una amabilidad perfecta, ojos de color miel muy abiertos, sin parpadear.
Pensé en lo que había dicho Abdiel.
No sé en quién confiar en esta sierra.
"Me quitó el tónico", dije con calma. "Dijo que olía mal. Que era una estupidez que lo tomara."
"Qué imprudente."
"Es un hombre difícil."
"Pero te lo devolverá, ¿verdad? Es importante que no pares el tratamiento. Mi tía se preocuparía."
"¿Tu tía?"
"Casimira."
Lo dijo con ternura.
Me quedé inmóvil.
"Ella es la hermana de mi madre", continuó. "Se vino a vivir a la sierra cuando yo era niña, para custodiar la paz entre las dos tribus. Es un honor de la familia. Mi madre dice que nadie cuida de esta gente como ella."
Aquella mujer de siete anillos de plata.
Aquel chal negro.
Aquellas manos que habían puesto un frasco en mi mano durante siete años.
Miré las manos de Leticia.
En su muñeca izquierda llevaba una pulsera de plata maciza, delgada, con un escudo grabado.
Una cabeza de lobo, mordiendo una luna.
Los anillos de Casimira tenían el mismo escudo.
Siempre lo había visto.
Nunca había pensado qué significaba.
"Es la casa de los Tovar", dijo Leticia, siguiendo mi mirada. "Llevamos ese emblema desde hace trescientos años."
"Es muy bonito."
"Gracias." Se levantó. "Entonces, ¿puedo contar contigo para el vestido?"
Pensé en decir que no.
Pensé en el frasco en el abrigo de Abdiel y en sus ojos cuando miró mis cicatrices.
Pensé en la ceremonia.
Pensé que, si decía que no, Leticia sospecharía.
Y que, si decía que sí, tenía tres semanas de excusas para entrar al Gran Salón.
Podría hablar con la gente de la manada y averiguar lo que no se averigua desde una cama.
"Cuenta conmigo", dije.
Los ojos de Leticia brillaron, apenas.
"Perfecto. Mañana te mando las medidas y la tela."
Se puso el sombrero.
Se detuvo en la puerta.
"Una cosa más, Amaranta."
"Dime."
"Mi tía me enseñó una regla. Que los cabos sueltos son peligrosos." Hizo una pausa deliciosa. "Espero que tú seas una mujer sensata."
Salió.
Me quedé unos segundos mirando la puerta cerrada, con el corazón latiéndome en la garganta.
Después me arrastré hasta la ventana.
Aparté la cortina con un dedo.
Leticia caminaba por el sendero de piedras, con su canasta de flores.
Más abajo, junto a un árbol de guayacán, la esperaba una figura alta, delgada, con un chal negro.
Casimira.
Las dos hablaron.
No oí lo que dijeron.
Vi a Leticia señalar con la barbilla hacia mi cabaña.
Vi a Casimira asentir.
La bruja metió la mano en su bolso de tela.
Sacó un frasquito de vidrio oscuro, con una etiqueta escrita a mano.
Igual que el que Abdiel acababa de llevarse.
Se lo puso a Leticia en la palma.
Leticia lo guardó en la canasta, debajo de las flores.