Montando A La Vieja, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: El pajar
La primera vez, con la lámpara de doña Remedios en la puerta.
Marisol se metió en el cubículo de la Colorada y se agachó detrás de la paja.
Gerardo abrió la puerta del establo de par en par y se quedó parado con la luz de la casa a las espaldas.
"¿Nacho?"
"Aquí."
"¿Qué haces a oscuras?"
"Viendo la yegua."
"Ah, sí, la yegua." Se rio. "Ya ves que es un demonio."
"Es buena."
"Como todas las hembras de esta casa." Soltó otra risa. "Ven, hermano. Don Cayetano dice que me va a ganar hasta los calzones."
"Voy en un rato."
"No tardes."
Dio media vuelta, dando tumbos, y la puerta se cerró.
Esperé hasta que sus pasos se perdieron en el patio.
Marisol salió del cubículo con la trenza llena de paja.
Los dos nos quedamos mirándonos, sin decir nada.
"Vete a dormir", le dije.
"No."
"Marisol."
"Cuando Gerardo se duerma, voy al pajar."
"Es el de la esquina, el que tiene la escalera."
Me sostuvo la mirada.
"Si no quieres, no vayas."
Se fue.
Yo volví a la sala, perdí otros trescientos pesos con una pareja de ases.
A las tres de la mañana Gerardo estaba roncando sobre la mesa con una carta pegada a la mejilla.
Don Cayetano recogió su sombrero.
"Buenas noches, Valdivia."
"Buenas."
"Tenga cuidado con las yeguas jóvenes."
Lo dijo con una sonrisa que no me gustó.
Salí al patio.
La luna estaba alta.
Crucé el corral, llegué al granero y subí la escalera de madera sin hacer ruido.
El pajar era una habitación grande bajo el techo, con las pacas de alfalfa amontonadas y una ventana por donde entraba la luz.
Olía a hierba seca y a noche.
Marisol estaba sentada sobre una paca, con una manta sobre los hombros y los pies descalzos.
"Viniste."
"No debí."
"No." Se puso de pie. "Pero viniste."
Dejó caer la manta.
Debajo llevaba un camisón de algodón blanco, tan delgado que la luna le dibujaba el cuerpo entero.
Los pezones oscuros se marcaban contra la tela.
Se me secó la boca.
Me acerqué.
Le tomé la cara con las dos manos y la besé despacio, esta vez, sin prisa.
Ella suspiró.
Me desabotonó la camisa, botón por botón, y me la quitó.
Pasó las manos por mi pecho, por mis hombros marcados por los años de cuerda y de rodeo.
"Cuántas cicatrices."
"Me caí de varios caballos."
"Me imagino." Besó una en mi costado. "Esta es la del toro."
"¿Cómo sabes?"
"Gerardo me lo contó una vez." Sonrió con tristeza. "Hablaba mucho de ti."
"Y tú escuchabas."
"Siempre."
Le subí el camisón por los muslos, por la cintura, por los hombros.
Quedó desnuda frente a mí, a la luz de la luna.
Era la mujer más hermosa que había visto en mi vida.
Tenía los senos pesados, los pezones oscuros, el vientre suave y las caderas anchas.
La piel quemada de sol tenía solo una franja pálida donde la falda le había tapado las piernas.
"No me mires así", susurró.
"¿Así cómo?"
"Como si fuera de verdad."
"Es que eres de verdad."
La alcé en brazos y la acosté sobre las pacas, con la manta debajo.
Me arrodillé entre sus muslos y le besé el interior de las rodillas, subiendo.
Ella se estremeció.
"Nacho..."
"Calla."
Pasé la lengua por su sexo.
Una vez, lenta, de abajo hacia arriba.
Estaba mojada y salada y tibia.
Gimió, y se tapó la boca con la mano.
La abrí con los pulgares y la lamí despacio, con la lengua plana, y después con la punta, en círculos pequeños sobre el clítoris.
Ella arqueaba la espalda contra la paja.
Me agarró del pelo.
"Así... Dios... así..."
Le metí dos dedos y los curvé.
La sentí contraerse alrededor de ellos.
Chupé más fuerte.
Se vino con un gemido corto, apretando los muslos contra mi cabeza, temblando de la cabeza a los pies.
Esperé a que terminara.
Cuando levanté la cara, ella me miraba con los ojos vidriosos, el pecho agitado y la boca entreabierta.
"Ahora tú", dijo.
Me desabroché, me bajé los pantalones y mi verga saltó libre.
Ella se incorporó y me empujó hacia atrás, hasta que quedé tendido sobre la manta.
Se subió sobre mí.
"Ahora yo monto", dijo.
Y se rio, bajito.
Se alineó con la mano.
Se dejó caer despacio, abriéndose sobre mí, y los dos soltamos el aire.
Estaba caliente, apretada, y me envolvía como un guante.
Tuve que cerrar los ojos.
"Mírame", dijo.
Los abrí.
Estaba encima de mí, desnuda, con la trenza cayéndole sobre un pecho y las manos apoyadas en mi pecho.
Empezó a moverse.
Primero lento, con un balanceo suave de caderas.
Después más fuerte, subiendo y bajando, con las rodillas hundidas en la paja.
Sus senos rebotaban frente a mi cara.
Los tomé con las dos manos y los chupé, uno y otro, mientras ella aceleraba.
"Sí... sí... así..."
"Despacio."
"No quiero despacio."
"Nos van a oír."
"Que nos oigan."
Le agarré las nalgas y la ayudé a moverse.
El granero entero crujía.
Una paca se deslizó.
Cuando la sentí apretarse de nuevo, la volteé con un movimiento rápido y quedó de espaldas debajo de mí.
Le levanté las piernas sobre mis hombros y entré hasta el fondo.
Ella gritó contra mi hombro.
La embestí fuerte, profundo, sin pausa.
Con cada golpe, el sonido de nuestros cuerpos se mezclaba con el viento que entraba por la ventana.
"Más... más..."
"¿Así?"
"Cógeme, Nacho. Cógeme."
Le di todo.
Cuando se vino, me clavó las uñas en la espalda y arqueó el cuerpo entero, con la boca abierta en un grito mudo.
La seguí unos segundos después, empujando hondo, vaciándome en ella con un gruñido que nació en el estómago.
Caí a su lado sobre la manta, jadeando.
No me duró la calma ni un minuto.
Marisol se quedó mirando cómo me volvía a poner duro contra su muslo.
Se inclinó y me tomó en la boca todavía mojado de los dos.
La lengua le trabajó despacio, de la base a la punta, mientras me miraba con los ojos entrecerrados.
Me puse duro del todo en menos de un minuto.
Ella se enderezó, se limpió los labios con el pulgar y sonrió.
"Otra vez", dijo.
"Ahora sí nos van a oír."
"Qué se joda el que oiga."
Se puso de rodillas sobre la manta y me dio la espalda.
Apoyó las manos en una paca y arqueó la espalda, con la trenza cayéndole hasta la cintura.
Tenía las nalgas brillantes de sudor y la luna le marcaba la línea de la columna.
"Entra", pidió.
La agarré de la trenza, la enrollé en mi puño y la jalé hacia atrás hasta que su cuello quedó tenso.
Entré de un empujón largo.
Ella gritó, y el grito rebotó en el techo de tejas.
"Así, Nacho. Así. Más hondo."
La embestí con las dos manos en sus caderas.
Cada golpe la hacía chocar contra mí con un ruido seco.
Su cuerpo se meneaba hacia adelante y hacia atrás, y la paja le raspaba las rodillas.
"Dime lo que sientes", jadeó.
"Estás empapada."
"Más."
"Me aprietas como si no me quisieras soltar."
"No quiero."
"Tu marido duerme sobre una baraja a cien metros y tú te abres para mí."
"Porque tú sí me haces sentir."
Le solté el pelo y le deslicé la mano por debajo, hasta el clítoris.
Lo froté al ritmo de mis embestidas.
Ella se deshizo en palabras sueltas, en mi nombre, en groserías que yo no sabía que conocía.
"Cógeme más fuerte, hijo de la chingada."
Obedecí.
Mis muslos golpeaban los suyos.
La paca se corrió bajo sus manos y ella se fue de bruces contra la manta, con la cadera todavía en alto.
Seguí sobre ella, con el pecho pegado a su espalda y la boca en su oído.
"Voy a venirme."
"Dentro."
"Marisol."
"Dentro, Nacho. Quiero sentirte."
Le mordí el hombro.
Ella se vino primero, con un temblor largo que le recorrió las piernas y me exprimió hasta el último nervio.
Me vacié en ella con un gruñido ronco, empujando hasta que no quedó nada.
Rodé a un lado y la jalé contra mí, los dos respirando como si hubiéramos corrido kilómetros.
El pajar olía a sexo, a hierba y a sudor.
Abajo, un caballo golpeó la puerta de su cubículo con la pezuña.
Ella se acurrucó contra mi pecho.
"Nunca me habían hecho eso", murmuró.
"¿Qué?"
"Mirarme mientras."
Le besé la frente.
Estábamos abrazados, sudados, mirando las vigas del techo, cuando un resplandor amarillo subió desde la escalera.
Una luz de lámpara de petróleo.
Y detrás de ella, la cabeza gris de doña Remedios, con el rebozo sobre los hombros, mirándonos desde el último peldaño.