No Mirar Atrás, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Arequipa
En casa de su tía, Thiago ve el volcán y Aarón regala pan. Ricardo llama sesenta veces.
Arequipa nos recibió con un cielo tan azul que dolía mirarlo.
Mi tía nos esperaba en la puerta de su casa de sillar, en Yanahuara, con un delantal de flores y los brazos abiertos.
Era la hermana menor de mi madre.
Pequeña, ancha, de trenzas grises y una voz que se oía tres calles más allá.
"Mis niños", dijo, y nos aplastó a los dos contra su pecho. "Qué flacos están. Entren, entren."
La casa tenía un patio con una pila de piedra y una parra gruesa.
Una puerta daba a la calle de los arcos blancos.
Y al fondo, al otro lado de los techos, recortado contra el cielo, estaba el volcán.
El Misti.
Una montaña perfecta, gris azulada, con la cumbre en sombras y las laderas bañadas por el sol.
Thiago se quedó inmóvil en medio del patio.
"Mami."
"Dime."
"¿Eso es un dinosaurio?"
"Es un volcán."
"¿Está dormido?"
"Eso dicen."
"¿Y si se despierta?"
"Le damos pan."
Mi tía soltó una carcajada.
Esa noche cenamos un adobo de chancho con maíz tostado, en la cocina de piedra, con el fuego de leña tronando en el fondo.
Thiago comió tres platos.
Se durmió con la cara sobre la mesa, con una mano todavía agarrando una cuchara.
Lo llevé en brazos a la cama que mi tía le había preparado, con una frazada de lana de alpaca.
Volví a la cocina.
Mi tía lavaba los platos.
"Cuéntame", dijo, sin volverse.
Le conté.
Los seis años.
El secreto.
La gala.
Las cinco velas.
Ella escuchó sin interrumpir, secándose las manos en el delantal.
Cuando terminé, se quedó callada un rato.
"Tu madre lo veía venir", dijo por fin.
"¿Qué cosa?"
"Que ese hombre no te iba a dar nada. No lo decía porque fuera malo. Lo decía porque los hombres que se esconden no saben pararse de frente."
"Yo lo quería."
"Ya lo sé."
"Lo quise mucho."
"Eso también."
Me puso una mano en la nuca, áspera y tibia.
"Quédate el tiempo que quieras. Y no mires atrás."
Esa noche dormí catorce horas.
A la mañana siguiente, el patio olía a pan caliente.
Salí con la bata puesta, descalza.
Thiago estaba sentado en el borde de la pila, comiéndose un panecillo del tamaño de su cabeza.
Delante de él, de pie, con un delantal blanco manchado de harina y una canasta bajo el brazo, había un hombre.
Treinta y cinco años, quizá.
Pelo negro con canas tempranas, barba recortada, antebrazos fuertes cubiertos de polvo blanco.
Cuando me vio, se llevó la mano a la frente en un saludo torpe.
"Buenos días. Perdone. El niño estaba mirando por la reja y le pasé un pan."
"¿Quién es usted?"
"Aarón Pacheco. De la panadería de la esquina. Soy vecino de doña... de su tía."
"Entiendo."
"Y este señor", dijo, señalando a Thiago, "es un crítico exigente."
Thiago asintió con la boca llena.
"Dice que el pan de Lima es más duro."
"El pan de Lima es más duro", afirmé.
"Mi madre decía lo mismo."
"¿Su madre era limeña?"
"Era de por acá. Pero decía que cualquier pan que no sea de Arequipa es pan por obligación."
No pude evitar sonreír.
Aarón me miró y se aclaró la garganta.
"Les traje la canasta de la semana. Es costumbre con los vecinos nuevos. Cuatro tipos de pan, y una mermelada de rocoto."
"No podemos aceptar."
"No es caridad. Es publicidad."
"¿Publicidad?"
"Si les gusta, vuelvan."
Tomé la canasta.
Pesaba.
Olía a mantequilla y a leña.
"Gracias, señor Pacheco."
"Aarón."
"Noelia."
"Un gusto, Noelia."
Se fue por la reja con paso tranquilo, silbando una melodía que no reconocí.
Thiago lo siguió con la mirada.
"Mami, me cae bien."
"A mí también me cae bien el pan."
"No dije el pan."
"Termina de comer."
Pasaron seis días.
En ese tiempo conseguí tres clientes pequeños para llevar sus cuentas desde la computadora, instalada en una mesa del patio.
Matriculé a Thiago en una escuela cercana, un colegio de monjas, con patio de tierra y árboles de molle.
Y apagué el teléfono.
Los primeros dos días, no.
Lo dejé encendido, sobre la mesa, como quien deja una herida expuesta para ver si cierra.
Ricardo me llamó sesenta y un veces.
Las conté.
Cada una dejaba un mensaje de voz.
No los escuché.
Los iba borrando, uno por uno, con el pulgar.
El tercer día, los mensajes empezaron a cambiar.
Ya no eran órdenes ni súplicas.
Eran cuatro palabras, siempre las mismas.
"Dime dónde estás."
El quinto día dejaron de llegar.
Y esa noche, por primera vez, dormí sin sentirme vigilada.
El lunes de la segunda semana, llevé a Thiago a su primer día de clases.
Íbamos de la mano por la calle empedrada, bajo los arcos blancos.
Él iba contándome sobre las monjas y los dinosaurios y si los volcanes tenían dientes.
Llegamos a la puerta del colegio.
Había un grupo de madres, un portero con una escoba, un perro dormido.
Y, aparcado al otro lado de la calle, con los vidrios polarizados y las luces apagadas, un Tahoe negro.