Papi Alfa, por favor no pares, novela · Capítulo 6 de 24
Capítulo 6: La mesa de la manada
"Me golpeé con la puerta del clóset", dije.
Mi madre me miró el cuello un segundo más de la cuenta.
Después sonrió, y dejó caer el velo sobre la mesa.
"Ten cuidado, hija. Esta casa tiene mucha madera."
"Lo tendré."
"Y mucha gente que huele."
No entendí por qué dijo eso, y no pregunté.
Esa noche era la cena mensual de la manada.
Cuarenta lobos y lobas llenaban el comedor largo de la Casa Alta.
Las mesas de caballete llegaban hasta la chimenea, con manteles blancos hasta el suelo.
Había asado de res, frijoles de la olla, tortillas de harina y calabacitas con queso.
Había también un olor a humo y a gente que me hacía cosquillas en la nariz.
Mi madre estaba a un extremo, con el anillo de compromiso brillándole en el dedo.
Ciro presidía la mesa principal, y a su derecha me habían puesto a mí, como hija de la futura Luna.
Frente a mí, con su sonrisa de cortesía, Orlando.
La costumbre de la manada era sencilla: nadie comía antes que el Alfa.
Ciro se levantó, alzó su vaso, y dijo unas palabras sobre el invierno, la caza y la unidad.
Después se sentó, y partió la primera tortilla.
Cuarenta personas empezaron a comer.
"En esta casa", me dijo en voz baja, para que solo yo lo oyera, "el Alfa siempre come primero."
Tragué saliva.
Y sentí su mano buscar la mía bajo el mantel.
Me la llevó a su regazo.
A través del pantalón, noté el bulto duro, caliente.
Lo miré.
Él seguía cortando carne con una calma exasperante, escuchando a una anciana contarle algo de unos corderos.
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