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Sándwiches e Incesto, novela · Capítulo 1 de 12

Capítulo 1: La tarima

Cuatro cuerpos en una cama de adobe, Yesenia le restriega las nalgas a su cuñado y le busca la mano, hasta que su esposa le dice en la oscuridad que se duerma.

"Cuñado", susurró Yesenia en la oscuridad. "No me piques con tu palo, que me haces cosquillas."

Tenía el culo pegado a mi pelvis, bajo tres frazadas de lana, y se reía en voz tan baja que solo yo la oía.

Yo me quedé tieso.

Era la segunda noche del Carnaval en La Encañada, y en la casa de mis suegros dormíamos nueve personas en una sola tarima de adobe.

Afuera llovía a cántaros, y el frío de la sierra de Cajamarca entraba por las rendijas de la puerta.

Todos nos habíamos apretado en la tarima caliente, donde el humo del fogón subía por debajo del colchón de paja.

Mis suegros dormían en la punta, con un tío de ronquido seco entre ellos y un primo.

Yo estaba en el medio, de lado, con la cara hacia la pared.

Delante de mí se acomodaba Yesenia, la hermana menor de mi esposa, con el pelo suelto hasta la cintura.

Detrás de mí dormía Nilda, mi esposa, con la respiración pareja contra mi espalda.

Éramos un sándwich de lana y de cuerpos, y yo era el relleno.

"Yesenia", murmuré. "Quédate quieta."

"Estoy quieta."

Movió las caderas, apenas, de arriba abajo.

Sentí su culo redondo, firme, rozándome toda la verga a través de la tela del calzoncillo.

Se me escapó el aire por la nariz.

Llevaba dos años mirándola de reojo en cada visita, en cada fiesta, en cada almuerzo de domingo.

Veintidós años, pelo negro, una risa que se oía en toda la quebrada, y unas caderas que no cabían en ningún vestido.

Y yo, casado con su hermana desde hacía cuatro.

"Si te mueves otra vez, me levanto", dije.

"Pues levántate."

No me levanté.

Ella lo supo, porque volvió a moverse, más despacio, con un movimiento redondo que me hizo apretar los dientes.

Estaba duro como una piedra, y empujaba contra ella sin que yo se lo ordenara.

"Mira cómo estás", susurró. "Dime que no quieres."

"No hables."

"Dime que no me quieres a mí."

No se lo dije.

Una frazada se corrió un poco, y el aire frío me rozó los muslos.

Yesenia llevó una mano hacia atrás, buscando, y me tomó de la muñeca.

Me guió la mano por debajo de la manta, por encima de su cintura, hasta la tela fina de su camisón.

Me puso la palma sobre su vientre caliente.

"Más abajo", dijo, casi sin voz.

Mis dedos descendieron solos.

Encontré el borde del camisón, el muslo desnudo, el vello suave, y ahí donde esperaba la tela encontré solo piel húmeda.

No llevaba nada puesto.

La noche entera se me vino encima.

Le toqué el sexo con la punta de los dedos, caliente, abierto, resbaloso.

Yesenia se mordió el labio, y sentí el temblor que le recorría la espalda.

"Así", musitó. "Despacio, cuñado."

Le acaricié el clítoris con el pulgar, en círculos lentos.

Ella echó la cabeza hacia atrás, y su pelo me rozó la barbilla.

Con la otra mano se metió bajo la manta y me bajó el calzoncillo.

Mi verga saltó libre, y ella la tomó con los dedos delgados.

La acomodó entre sus muslos, por detrás, apretados, y empezó a mover la cadera con una lentitud de tortura.

Resbalé entre sus piernas, contra los labios mojados, sin entrar.

Era el roce más rico que había sentido en mi vida.

Y detrás de mí, a una cuarta, estaba mi esposa.

Tenía el hombro de Nilda pegado a mi espalda.

Su respiración me hacía cosquillas en la nuca.

"Para", susurré, sin convicción.

"No quieres que pare."

"Nos van a oír."

"Pues aguanta."

Aumentó el ritmo.

Se me nublaba la vista, y la boca se me llenaba de saliva.

Metí la mano más adentro, le froté el clítoris con ganas, y ella ahogó un gemido en la almohada.

Se estremeció contra mí, una vez, dos veces, apretándome entre los muslos.

Yo no aguanté más.

Me vine con un espasmo que me recorrió la espalda, mordiéndome la lengua para no gruñir, y mi semen caliente le empapó los muslos y las sábanas.

Nos quedamos quietos, jadeando sin ruido.

Al otro lado de la tarima, mi suegro carraspeó en sueños.

Yesenia se volvió un poco hacia mí, con los ojos brillando en la penumbra.

Sonreía.

"Buenas noches, cuñado", dijo en un soplo.

Se dio la vuelta, y se acomodó de nuevo de espaldas, con una pierna sobre las mías.

Yo me quedé mirando las vigas del techo, con el corazón desbocado.

Había hecho la peor cosa del mundo, a un palmo de mi esposa, en casa de mi suegro.

Y la quería hacer otra vez.

Entonces la cama se movió.

Fue un movimiento mínimo, el de alguien que cambia de posición.

El brazo de Nilda me pasó por encima de la cintura y me abrazó, pegando su pecho a mi espalda.

Su mano se detuvo sobre mi ombligo, tibia, muy quieta.

Me dejó sentir sus dedos sobre la piel mojada de mi vientre.

Sentí que se me helaba la sangre.

Nilda acercó la boca a mi oreja.

Su voz era un hilo, seco como una rama.

"Duérmete, Efraín."

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