Siempre Fui La Reina Que No Supiste Ver, novela · Capítulo 3 de 12
Capítulo 3: Los términos
Lisardo lee ante el Consejo del Aquelarre que el tratado no se renueva; Zenón se arrodilla y Evangelina lo deja ahí.
Bajé al patio con mi hijo en brazos, y los cincuenta jinetes abrieron un pasillo.
Nadie dijo nada.
Los vampiros del Aquelarre se asomaban a las ventanas, a los balcones, a las arcadas del patio, en camisón, en bata, con capas apresuradas.
Zenón estaba en lo alto de la escalinata, sin moverse.
Lisardo me esperaba al pie, con el casco bajo el brazo.
"Alteza", dijo, y se inclinó.
"Capitán."
Lo miré a los ojos azules.
Cinco años sin verlo, y no había cambiado nada.
"¿Tardaron mucho?"
"Salimos la misma noche que llegó su cuervo." Sonrió con un costado de la boca. "Su padre lleva esperando ese cuervo desde que usted se fue."
"Lo sé."
Lo sabía.
Mi padre jamás me había dicho que lo supiera.
Pero dejó que me fuera, cinco años atrás, con la condición de que Lisardo me vigilara a distancia.
Me tragué un nudo en la garganta.
"Alteza", dijo una voz ronca desde la escalinata.
Zenón había bajado dos escalones.
"Evangelina. ¿Qué es esto? ¿Qué clase de broma...?"
"No es una broma."
"Tú me dijiste que tu padre era un comerciante de los lagos."
"Te dije que era del sur."
"Me dijiste que eras huérfana."
"Te dije que mi madre había muerto." Lo miré. "Mi madre murió cuando yo tenía doce años. Mi padre sigue vivo, y es el Rey Eleodoro Ruanova, soberano de los Tres Lagos, desde hace treinta y ocho años."
Un rumor de espanto recorrió el patio.
"Imposible", susurró Zenón.
"Yo vine aquí a ser amada sin una corona", dije. "Hice un trato con mi padre. Cinco años, con otro apellido, a ver quién me quería por lo que soy. Y a ver quién se quedaba."
"Evangelina..."
"Y tú no te quedaste."
Lisardo, a mi lado, sacó del cinturón un pergamino enrollado, sellado con cera azul.
"Con permiso, Lord Albornoz. Tengo que leer algo ante su consejo."
Zenón tragó saliva.
"Aquí no."
"Aquí, o en el salón. Como prefiera."
"En el salón", dijo Zenón.
Diez minutos después, trescientos vampiros llenaban el Salón de la Sangre por segunda vez en dos días.
Yo estaba de pie al costado de la tarima, con Gedeón de la mano.
A mi derecha, Lisardo.
Frente a nosotros, en el sillón de piedra, con la cara blanca, Zenón.
Y a su lado, de verde, Leocadia.
Ya no sonreía.
Lisardo desenrolló el pergamino.
Leyó con voz clara, de militar:
"Yo, Eleodoro Ruanova, por la gracia de la sangre Rey de los Tres Lagos, hago saber al Aquelarre Dientebrasa y a su Lord que el Tratado de la Sangre, firmado hace diecinueve años entre nuestras casas, vence en el solsticio de invierno de este año."
Silencio.
"Dicho tratado garantiza al Aquelarre el suministro mensual de sangre de los bancos de los Tres Lagos, y su renovación exige el vínculo de sangre de mi hija con el Lord de Dientebrasa."
Levanté la vista.
Vi a un anciano del consejo, en primera fila, ponerse del color de la cera.
"El Lord de Dientebrasa", siguió leyendo Lisardo, "ha elegido sellar un vínculo con otra mujer. Por tanto, el Tratado no se renueva. El suministro cesa desde esta fecha. Los bancos de sangre quedan cerrados al Aquelarre."
Un clamor.
Voces, gritos, el sonido de una silla que cae.
"¿Qué significa esto?", gritó un anciano. "Lord Zenón, ¿es cierto?"
"No lo sabía", dijo Zenón.
Estaba de pie, con las manos abiertas.
"Nadie me dijo que Evangelina..."
"Usted nunca preguntó", dije.
Todos me miraron.
"Cinco años, Zenón. Cinco años a tu lado, y nunca me preguntaste de dónde venía. Quién era mi padre. Qué dejé atrás. Porque nunca te importó lo que yo era. Te importaba lo que me tenías."
"Eso no es verdad."
"Entonces dime mi apellido de familia."
Abrió la boca.
Y la cerró.
Se oyó una risita ahogada en el fondo del salón, y enseguida un silencio sepulcral.
Zenón tragó.
Y entonces hizo algo que no esperaba.
Bajó de la tarima.
Caminó hasta mí, delante de trescientos testigos, y se arrodilló.
"Evangelina", dijo, con la voz hecha trizas. "Perdóname. Lo arreglo. Anulo el vínculo con Leocadia. Te hago Reina de Sangre mañana."
Un jadeo recorrió el salón.
Leocadia, desde la tarima, se había quedado inmóvil, con la boca entreabierta.
Miré a Zenón.
Arrodillado, con la cabeza gacha, el pelo castaño desordenado.
El hombre que me había besado la frente cada noche durante cinco años.
Y que me había dicho que no valía nada fuera de su casa.
"Levántate", dije.
"No hasta que me perdones."
"Entonces quédate ahí."
Le di la espalda.
Con Gedeón de una mano, y con Lisardo detrás, crucé el salón entero entre los vampiros que se apartaban.
En la puerta, me volví un segundo.
Zenón seguía de rodillas.
Y a su lado, de pie, con los puños apretados, Leocadia lo miraba con una expresión que no se parecía en nada a la ternura.