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Siempre Fui La Reina Que No Supiste Ver, novela · Capítulo 4 de 12

Capítulo 4: La casa

El palacio de los Tres Lagos se alzaba sobre una isla de roca blanca, unida a la orilla por tres puentes de piedra.

Cada lago tenía su color.

Uno plomizo, uno verde, y el tercero tan azul que dolía mirarlo.

Yo había crecido ahí.

Doce años de infancia entre sus pasillos, antes de que mi madre muriera y mi padre me enviara a estudiar al norte.

Entré por la puerta principal, a media tarde, con Gedeón de la mano y Lisardo un paso detrás.

Los guardias se llevaron el puño al pecho, uno tras otro.

Los criados se detuvieron en los corredores.

Una anciana de delantal blanco, que había sido mi niñera, se echó a llorar.

"Mi niña", dijo, y me abrazó.

Gedeón la miró con curiosidad.

"¿Es mi abuela?"

"No, mi amor. Es mi antigua niñera, la que me cuidaba cuando yo era como tú."

"¿Y dónde está mi abuelo?"

"Aquí", dijo una voz grave.

Mi padre estaba en lo alto de la escalera.

Sesenta y dos años, pelo plateado, barba corta, la capa azul sobre los hombros.

Alto, sereno, como una de las estatuas del salón del trono.

Bajó los escalones despacio.

Cuando llegó a mi altura, me miró.

Y por primera vez desde que tenía doce años, lo vi llorar.

"Hija."

"Padre."

Me abrazó.

Con una fuerza sorprendente, que me levantó casi del suelo.

Olía a cuero, a cera y a lago.

Un olor que yo había olvidado.

"Perdóname", susurró. "Debí traerte antes."

"Fui yo la que pidió irme."

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